Cirrosis hepática: qué es, síntomas y tratamiento

Actualizado en diciembre 2023

La cirrosis hepática es una inflamación crónica del hígado que se caracteriza por la formación de nódulos y de tejido fibroso, los cuales dificultan la función de este órgano. 

Normalmente, la cirrosis es considerada una etapa avanzada de otros problemas hepáticos, como hepatitis o esteatosis, pues es necesario que existan lesiones frecuentes para el surgimiento de esta afección. Aparte de estos problemas, esta enfermedad también puede desarrollarse gracias al consumo excesivo de alcohol, al uso prolongado de ciertos medicamentos e incluso debido a algunas infecciones virales. 

La cirrosis hepática no tiene cura, por lo que el tratamiento normalmente es llevado a cabo mediante alteraciones en la dieta y el uso de medicamentos para controlar algunos de los síntomas. En los casos más graves, puede ser necesaria una cirugía de trasplante de hígado. 

Imagem ilustrativa número 1
Hígado con cirrosis hepática

Principales síntomas

En la etapa inicial, la cirrosis no suele causar síntomas. No obstante, a medida que las lesiones en el hígado van aumentando, los síntomas que surgen son:

  • Debilidad y cansancio excesivo;
  • Malestar general;
  • Náuseas frecuentes;
  • Pérdida del apetito;
  • Manchas rojas en la piel, con pequeños vasos;
  • Pérdida de peso y de masa muscular;
  • Dolor en el lado derecho del abdomen, el cual puede irradiarse hacia debajo de las costillas.

Por otra parte, en la etapa más avanzada de la cirrosis es común observar signos como piel y ojos amarillentos; hinchazón abdominal, por acumulación de líquido en el abdomen; hinchazón en las piernas, los tobillos y los pies también por la acumulación de líquido; orina muy oscura, heces blanquecinas y comezón en todo el cuerpo. También puede haber confusión, pérdida de memoria, insomnio, sangrado y formación de hematomas fácilmente.

Al identificar alguno de estos síntomas que pueda ser indicativo de un problema en el hígado, es muy importante consultar al hepatólogo o al médico general, pues mientras más temprano sea realizado el diagnóstico, más fácil será el tratamiento.

Cómo se hace el diagnóstico

El diagnóstico de la cirrosis hepática es realizado por el médico general o el hepatólogo mediante la evaluación de los síntomas, de los hábitos de la persona y de los antecedentes médicos personales.

Para confirmar el diagnóstico, el médico solicita algunas pruebas de laboratorio que evalúan la función hepática, como la cuantificación de las enzimas hepáticas TGO, TGP y gamma-GT, pues cuando están elevadas en sangre son sugestivas de que el hígado presenta lesiones. Además, también puede solicitar pruebas para evaluar la función renal y de coagulación sanguínea. Vea otras pruebas que evalúan el hígado.

Además de esto, también puede indicar exámenes de imagen, como un ultrasonido, tomografía computarizada o resonancia magnética, por ejemplo, con el fin de evaluar el hígado y la región abdominal, siendo posible identificar regiones lesionadas e indicar si es necesario una biopsia, por ejemplo. La biopsia del hígado no se realiza con fines de diagnóstico, sino para determinar gravedad, extensión y causa de la cirrosis.

Una vez se tienen los resultados de los exámenes y confirmado el diagnóstico, el médico puede clasificar la cirrosis utilizando un sistema de puntuación, uno de los más conocidos y usados es el Child-Pugh que califica la cirrosis de A (relativamente leve) a C (grave).

Posibles causas

Las causas de la cirrosis hepática pueden ser diversas, sin embargo, las más comunes son:

1. Hepatitis viral B y C

Las hepatitis B y C son enfermedades provocadas, principalmente, por virus, y son transmitidas mediante el contacto sexual o el intercambio de objetos contaminados, como agujas, jeringas, instrumental de manicura o dispositivos de tatuajes contaminados. Estos tipos de hepatitis afectan las células del hígado y, si no son tratadas en etapas tempranas, pueden causar una inflamación crónica, generando el surgimiento de cirrosis.

2. Consumo de bebidas alcohólicas

El uso de bebidas alcohólicas puede provocar consecuencias inmediatas en el cuerpo, como dificultad para mantener el equilibrio y pérdida de coordinación. No obstante, si el consumo se realiza de forma excesiva, durante muchos días de la semana y con una cantidad por encima de 60 g de alcohol al día, en hombres, o 20 g en mujeres, puede provocar cirrosis hepática. 

3. Trastornos del metabolismo

Ciertos trastornos del metabolismo pueden ocasionar el surgimiento de cirrosis hepática, como la enfermedad de Wilson, por ejemplo. Esta enfermedad genética es inusual y no tiene cura y se caracteriza por la incapacidad del cuerpo en metabolizar el cobre, lo que ocasiona su acumulación en varios órganos, principalmente en el cerebro y el hígado, pudiendo causar daños graves. Vea qué es la enfermedad de Wilson.

4. Hígado graso

El hígado graso, conocido científicamente como esteatosis hepática, es una condición en que ocurre acumulación de grasa en este órgano debido a malos hábitos alimentarios. Esta enfermedad no suele causar síntomas y, por lo general, es descubierta por casualidad en pruebas de rutina. Sin embargo, si no es realizado el tratamiento, el hígado graso puede causar inflamación crónica hepática, lo que aumenta el riesgo de cirrosis. Conozca qué causa acumulación de grasa en el hígado

5. Uso de medicamentos

Ciertos medicamentos, si son utilizados en exceso y de forma regular, pueden generar inflamación hepática, pues cuando se encuentran en grandes concentraciones en el cuerpo, el hígado no logra metabolizarlos rápidamente. Algunos ejemplos de medicamentos que pueden generar cirrosis hepática son isoniazida, nitrofurantoína, amiodarona, metotrexato, clorpromazina y diclofenaco sódico. 

6. Colestasis crónica

La colestasis crónica es una condición en que la bilis no logra ser conducida del hígado a una parte del intestino, y puede estar provocada por obstrucción de las vías biliares por la presencia de tumores, piedras en la vesícula o gracias a una deficiencia de la producción de bilis. La colestasis crónica puede generar cirrosis hepática y suele ocurrir en personas que tienen colitis ulcerativa, que es una enfermedad inflamatoria intestinal. 

Tratamiento para la cirrosis

La cirrosis no tiene cura, por lo que el tratamiento se centra en controlar los síntomas y las posibles complicaciones, además de retardar el avance de la enfermedad.

El tratamiento para la cirrosis varía según la causa, por lo que el hepatólogo podría indicar:

  • Antirretrovirales, en los casos de hepatitis viral B y C;
  • Corticosteroides o inmunosopresores, cuando se trata de hepatitis autoinmune;
  • Dejar las bebidas alcohólicas en definitivo y ser referido para tratamiento, en los casos de alcoholismo;
  • Perder peso, realizar actividad física y mejorar los hábitos alimentarios, en el caso de hígado graso no alcohólico;
  • Dejar de tomar la medicación, en los que el uso prolongado de algún fármaco es el causante de la cirrosis;
  • Ácido ursodesoxicólico y ácido obeticólico en la colangitis biliar primaria;
  • Quelación del cobre en la enfermedad de Wilson;
  • Quelación del hierro y flebotomía en la hemocromatosis.

Además, dependiendo de los síntomas presentes, el hepatólogo también puede indicar el uso de ciertos medicamentos, como diuréticos, antihipertensivos o pomadas para la comezón en la piel, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de la persona con cirrosis. 

La desnutrición calórico proteica es común en las personas con cirrosis, por lo que es importante asegurarse de que tenga una dieta balanceada y saludable para ayudar a que obtenga todos los nutrientes. Vea cómo es la dieta para la cirrosis.

En los casos más graves, donde existen muchas lesiones en el hígado, la única forma de tratamiento puede ser el trasplante de hígado, el cual es realizado retirando el órgano con cirrosis y colocando un hígado saludable de un donante compatible. Vea cómo se realiza el tratamiento para la cirrosis.

Complicaciones de la cirrosis hepática

Las complicaciones de la cirrosis hepática son hipertensión portal, aumento del bazo (esplenomegalia), surgimiento de infecciones, hemorragias, acumulación de líquido a nivel abdominal (ascitis). síndrome hepatorrenal, peritonitis bacteriana espontánea o encefalopatía hepática. Conozca qué es la encefalopatía hepática.