La artrosis de rodilla es la causa más frecuente de dolor articular a partir de los 50 años en España. Aparece cuando el cartílago que recubre los extremos del hueso pierde grosor y deja de amortiguar bien la carga. El resultado es dolor al caminar, rigidez al levantarse del sofá y esa sensación de rodilla que cruje. Lo que más cambia el pronóstico no es un fármaco, sino la fuerza del muslo y el peso corporal.
¿Qué ocurre dentro de la articulación?
Llamarlo desgaste se queda corto. El cartílago se adelgaza y pierde elasticidad, pero al mismo tiempo el hueso situado debajo se engrosa, aparecen osteofitos en los bordes y la membrana sinovial se inflama por episodios. La musculatura que rodea la rodilla también se debilita, y esa pérdida de fuerza aumenta la carga que absorbe la articulación.
Esos cambios explican el patrón típico de síntomas. El dolor empeora con la actividad y mejora en reposo, al menos al principio. La rigidez matutina dura menos de media hora, a diferencia de la artritis inflamatoria. Y el crujido al flexionar, llamado crepitación, refleja la superficie irregular por la que se deslizan los huesos.
¿Qué observó la ciencia con el ejercicio?
Durante años mucha gente evitó moverse por miedo a gastar más la articulación. Un equipo internacional revisó toda la evidencia disponible hasta enero de 2024 y reunió 139 ensayos aleatorizados con 12.468 participantes, comparando programas de ejercicio en tierra frente a no recibir tratamiento, cuidado habitual o intervenciones de control.
Según una revisión publicada en la Cochrane Database of Systematic Reviews en 2024, el ejercicio se asoció a unos 13 puntos menos de dolor sobre 100 y a una mejora similar de la función física frente a no hacer nada. Los autores matizan que la relevancia clínica de esa diferencia es incierta y que muchos estudios tenían limitaciones. Aun así, todas las guías internacionales mantienen el ejercicio como primera línea, y ningún ensayo mostró que acelerase el deterioro.
¿Qué factores aumentan el riesgo?
Rara vez hay una única causa. Suelen sumarse varios elementos a lo largo de décadas:
- La edad, por la menor capacidad del cartílago para repararse.
- El exceso de peso, que además de carga mecánica aporta sustancias inflamatorias desde el tejido graso.
- Las lesiones previas de menisco o de ligamento cruzado, sobre todo si hubo cirugía.
- Los trabajos con muchas horas de rodillas, cuclillas o carga de peso.
- La debilidad del cuádriceps, que deja la rodilla sin su principal amortiguador.
- Las piernas en varo o en valgo, que concentran la presión en un solo compartimento.
- Los antecedentes familiares y la etapa posmenopáusica en mujeres.

¿Qué ejercicios ayudan más?
La combinación con mejor respaldo mezcla fuerza y actividad aeróbica de bajo impacto, de dos a tres días por semana:
- Fortalecimiento de cuádriceps con extensiones sentado o contracciones isométricas contra la camilla.
- Sentadillas parciales y levantarse de una silla sin usar los brazos, un gesto muy funcional.
- Trabajo de glúteos con puentes de cadera y abducciones tumbado de lado.
- Caminar, nadar, pedalear en bicicleta estática o usar la elíptica, entre 20 y 40 minutos.
- Estiramientos suaves de isquiotibiales y gemelos al terminar.
Un aumento de dolor leve durante la sesión que remite en 24 horas es aceptable y no indica daño. Conviene revisar los ejercicios indicados para la rodilla y ajustarlos con un fisioterapeuta antes de improvisar rutinas de internet.
¿Qué medidas complementan el ejercicio?
El peso es la otra palanca grande. Cada kilo de más multiplica por tres o cuatro la carga que atraviesa la rodilla al caminar, así que perder entre un 5% y un 10% del peso corporal mejora dolor y función de forma medible. La bajada gradual, combinada con fuerza, evita perder músculo por el camino.
El resto son ajustes cotidianos: calzado estable con buena amortiguación, calor local antes de moverse y frío tras un día exigente, evitar pasar horas sentado sin cambiar de postura, y usar bastón en el lado contrario si la marcha es inestable. Los antiinflamatorios en gel sobre la rodilla son la primera opción farmacológica en muchas guías por su mejor perfil de seguridad, pero su uso continuado se consulta con el médico.
Cuándo conviene consultar sin esperar
El dolor de artrosis tiene un patrón reconocible, y salirse de él es motivo de valoración. Piden consulta la hinchazón marcada de la rodilla, el enrojecimiento con calor local, la fiebre acompañante, el bloqueo articular que impide estirar la pierna, la sensación de que la rodilla falla de golpe, o el dolor intenso en reposo que despierta por la noche. También conviene acudir cuando el dolor limita tareas básicas como subir escaleras o dormir, porque existen tratamientos intermedios entre el analgésico y la prótesis, incluidas infiltraciones y programas supervisados de rehabilitación. El diagnóstico se hace con exploración y radiografía, no con la intensidad del dolor.
Este contenido tiene finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional sanitario. Ante dolor persistente, hinchazón o pérdida de movilidad en la rodilla, consulta con tu médico o fisioterapeuta.









