Cinco gramos de sal al día equivalen a poco menos de una cucharadita rasa. Parece muy poco, y lo es en cuanto se mira lo que realmente entra en la dieta a lo largo de una jornada normal. El problema no está tanto en el salero de la mesa como en la sal que ya viene puesta de fábrica en muchos alimentos.
¿Por qué la OMS fija el límite en 5 gramos de sal?

La sal común es sobre todo cloruro de sodio, y es el sodio el que preocupa a la salud pública. Un consumo alto se relaciona de forma consistente con la presión arterial elevada, que a su vez multiplica el riesgo de infarto, ictus y enfermedad renal. Por eso reducir la sal se considera una de las medidas más rentables para prevenir la enfermedad cardiovascular.
El límite de cinco gramos no es una cifra caprichosa, sino el punto en el que el beneficio para el conjunto de la población supera con claridad a los inconvenientes. La mayoría de los países, y España entre ellos, lo rebasa con holgura año tras año.
¿Cuánta sal recomienda exactamente y por qué?
La referencia central la marca el propio organismo internacional. Según la Organización Mundial de la Salud, los adultos deberían tomar menos de 5 gramos de sal al día, equivalentes a unos 2 gramos de sodio. La OMS recuerda además que la media mundial casi duplica esa cantidad y que el exceso de sodio se asocia a millones de muertes evitables cada año.
En España, las encuestas de consumo sitúan la ingesta media en torno a los 9 o 10 gramos diarios, es decir, casi el doble del tope aconsejado. La brecha es grande, pero también significa que hay mucho margen de mejora sin necesidad de renunciar al sabor de la comida.
¿Dónde se esconde la sal en un menú español normal?
La sorpresa llega al ver de dónde procede realmente. En una dieta como la española, la mayor parte del sodio no la añadimos en la mesa, sino que viene ya incorporada en productos de consumo diario. El pan, por la cantidad que se come, es una de las principales fuentes, seguido de los embutidos, los quesos curados, las conservas y los platos precocinados.
Una ración de embutido, unas aceitunas, un poco de queso y un par de rebanadas de pan pueden sumar buena parte del cupo del día sin que nos demos cuenta. Ahí está el verdadero foco del problema, y no en la pizca final que se echa al guiso mientras se cocina.
¿Cómo se reparten esos 5 gramos en un día real?

Traducido a un día concreto, el margen se agota muy rápido. Un desayuno con pan y embutido, una comida con un plato precocinado o una conserva, y una cena con queso pueden rebasar los cinco gramos sin apenas tocar el salero. Si además se pica algún aperitivo salado por la tarde, el total se dispara. Vigilar la presión arterial cobra sentido justo por esta acumulación silenciosa.
No hace falta pesar cada alimento para darse cuenta del patrón. Basta con observar cuántos productos procesados aparecen en un día cualquiera para entender por qué la cifra real casi siempre queda muy por encima de lo recomendado.
¿Qué cambios sencillos ayudan a bajar el sodio?
Bajar el sodio no exige comer soso, sino elegir mejor. Ayuda leer las etiquetas y comparar el contenido de sal entre marcas, escurrir y aclarar las conservas antes de usarlas, y reservar los embutidos y los quesos muy curados para ocasiones puntuales. Cocinar en casa devuelve el control que se pierde con los ultraprocesados.
En la cocina, las hierbas, el ajo, el limón, el pimentón o el vinagre realzan el sabor y permiten ir retirando sal poco a poco, hasta que el paladar se acostumbra a la nueva medida. Aumentar la fruta y la verdura aporta potasio, que ayuda a contrarrestar el efecto del sodio, como recogen estas frutas que ayudan a bajar la tensión.
Qué ganan la tensión y el corazón al recortar sal
Recortar la sal se nota antes de lo que parece. Reducir el sodio contribuye a bajar la tensión arterial en pocas semanas, alivia la retención de líquidos y descarga el trabajo del corazón y de los riñones. No hace falta llegar a cero, sino acercarse poco a poco a esos cinco gramos y mantenerlos como costumbre. Quien ya tiene la tensión alta puede repasar los síntomas de hipertensión y comentarlos con su médico.
Este artículo tiene fines informativos y no sustituye la valoración de un profesional sanitario. Si tienes hipertensión o una enfermedad renal, consulta con tu médico cuál es la cantidad de sal más adecuada para ti.









