Notar las piernas más flojas al subir una cuesta o al levantarse de la silla se atribuye casi siempre a los años. Sin embargo, buena parte de esa pérdida de fuerza tiene que ver con la alimentación. La proteína, cuando falta de forma sostenida, deja huella en el músculo mucho antes de lo que se cree.
¿Por qué la fuerza de las piernas se resiente antes por la proteína que por la edad?

El cuerpo pierde músculo con el paso del tiempo, un proceso conocido como sarcopenia. Pero ese desgaste no depende solo del calendario: se acelera cuando la ingesta de proteína queda por debajo de lo que el organismo necesita. Con los años, además, el músculo aprovecha peor cada ración, de modo que una cantidad que bastaba a los treinta se queda corta a los setenta.
Por eso conviene mirar el plato antes que la fecha de nacimiento. La debilidad en los muslos y las pantorrillas, la dificultad para incorporarse o la sensación de que las piernas no responden pueden reflejar una falta de proteína mantenida. Corregir ese aporte no revierte la edad, pero sí ayuda a frenar la caída de la masa y la potencia muscular.
¿Qué recomienda un grupo de expertos sobre la proteína en las personas mayores?
Según una investigación publicada en Journal of the American Medical Directors Association en 2013, el grupo de expertos PROT-AGE recomendó que las personas mayores de 65 años ingieran de media entre 1,0 y 1,2 gramos de proteína por kilo de peso al día para ayudar a conservar la masa y la función muscular. Es una cifra superior a la que suele tomarse como referencia en adultos jóvenes.
El documento explica que la mayor necesidad se debe a los cambios propios de la edad en el metabolismo de las proteínas, que reducen la respuesta del músculo a cada comida. Un aporte insuficiente frente a esa demanda favorece la pérdida de tejido magro y aumenta el riesgo de sarcopenia. La recomendación, por tanto, no es un capricho nutricional, sino una medida para sostener la autonomía.
¿Cómo se nota la pérdida de masa muscular en el día a día?
Las señales suelen ser sutiles al principio. Cuesta más levantarse del sofá sin apoyar las manos, el paso se vuelve algo más lento y aparece cansancio en las piernas tras caminatas que antes no pesaban. También puede notarse menos estabilidad al bajar escaleras. Son cambios que se achacan al paso del tiempo, cuando muchas veces reflejan un músculo poco nutrido y poco estimulado.
¿Cuánta proteína aporta un plato corriente?
Traducir los gramos a comida ayuda a entender el objetivo. Repartir la proteína a lo largo del día, y no concentrarla en una sola comida, favorece un mejor aprovechamiento. Algunas raciones habituales aportan estas cantidades aproximadas:
- Un filete de pollo o de pescado mediano: en torno a 25 o 30 gramos.
- Dos huevos: alrededor de 12 o 14 gramos.
- Un vaso de leche o un yogur: unos 6 u 8 gramos.
- Un plato de lentejas o garbanzos: cerca de 15 gramos.
Con esta referencia, una persona de unos 70 kilos entiende que necesita distribuir varias fuentes a lo largo del día. Conviene combinar opciones animales y vegetales, y quien busque ideas puede apoyarse en una guía de alimentos para ganar masa muscular adaptada a la dieta habitual.
¿Qué papel juega el movimiento junto a la alimentación?

La proteína aporta el material, pero el estímulo lo da el ejercicio. El trabajo de fuerza, incluso con el propio peso corporal, indica al músculo que debe mantenerse y repararse. Sin ese estímulo, el aporte de proteína rinde menos. La combinación de ambos es lo que de verdad marca la diferencia en las piernas.
No hacen falta grandes rutinas para empezar. Levantarse y sentarse de una silla, subir escaleras o realizar ejercicios para las piernas sencillos varias veces por semana ya activa la musculatura. En casos concretos, y siempre con orientación profesional, se valoran suplementos para aumentar la masa muscular, aunque no sustituyen a la comida real.
Cuándo conviene consultar por la debilidad en las piernas
Una pérdida de fuerza lenta y simétrica suele responder a la nutrición y al ejercicio, pero hay situaciones que requieren valoración médica. Conviene consultar si la debilidad aparece de forma brusca, si afecta solo a una pierna, si se acompaña de dolor intenso, hormigueos o pérdida de peso sin motivo, o si dificulta caminar con normalidad. En esos casos, el profesional puede descartar otras causas y orientar un plan a medida que combine alimentación, movimiento y seguimiento.
Este contenido no sustituye la evaluación de un profesional sanitario. Antes de modificar la dieta o iniciar ejercicio, y en especial ante una debilidad que progresa, conviene consultar con el médico o un nutricionista.









