Tras una mala noche, el hambre del día siguiente tiene algo distinto: no es un apetito cualquiera, sino un ansia concreta y bastante insistente por lo dulce y lo salado. No es falta de voluntad ni una excusa. Es una respuesta hormonal medida en laboratorio, con dos protagonistas de nombre extraño, grelina y leptina, y unas cifras que explican por qué la báscula y el despertador están más conectados de lo que parece.
¿Qué hacen estas dos hormonas?

Funcionan como un balancín, y sus papeles son opuestos y complementarios.
Así se reparten el trabajo:
- La grelina la produce el estómago y dice “tengo hambre”. Sube antes de comer.
- La leptina la producen las células grasas y dice “ya está bien”. Es la señal de saciedad.
- Juntas regulan cuánto comes casi sin que lo pienses.
- El sueño influye directamente en ambas.
- Y lo hace en la peor dirección posible.
¿Qué dice el estudio de referencia?
El trabajo clásico se hizo en la Universidad de Chicago, con las comidas y la actividad de los participantes bajo control estricto.
Según un estudio publicado en Annals of Internal Medicine en 2004, con 12 hombres jóvenes sanos, dormir poco durante dos noches aumentó la grelina un 28% y redujo la leptina un 18%. El hambre subió un 24% y el apetito un 23%.
¿Y qué apetecía exactamente?
Aquí está el detalle que más se reconoce en la vida real. El apetito no subió de forma uniforme: se disparó hacia alimentos muy concretos.
El ansia por alimentos densos en calorías y ricos en carbohidratos aumentó entre un 33% y un 45%. Es decir, no apetecía una ensalada: apetecían dulces y snacks salados. Ese sesgo tan específico explica muchas cosas.
¿Cuánto sueño se perdió en el estudio?
Conviene un matiz honesto, porque las cifras se citan a menudo sin su contexto. El experimento comparó dos noches de 4 horas en la cama frente a dos noches de 10 horas. Es una diferencia grande, mucho mayor que 90 minutos.
Eso no invalida el hallazgo, pero sí lo matiza: el efecto está demostrado con una restricción importante. Lo razonable es entender que el sueño influye en el apetito de forma dosis-dependiente, y que cuanto menos duermes, más se nota, no que 90 minutos produzcan exactamente esas cifras.
¿Se confirma fuera del laboratorio?

Sí, y ese es el respaldo importante. Un estudio de población publicado el mismo año, con datos de más de mil personas, encontró que dormir poco se asociaba de forma independiente a menos leptina, más grelina y un índice de masa corporal más alto.
Conviene, eso sí, ser justos con los límites:
- El estudio de laboratorio incluyó solo 12 hombres jóvenes.
- No midió el gasto energético.
- Tampoco midió cuánto comían en realidad, solo el hambre referida.
- No todos los estudios posteriores han reproducido los mismos resultados.
- La dirección del efecto, sin embargo, es bastante consistente.
¿Qué hacer con esta información?
La conclusión práctica es que el sueño no es un lujo separado de la alimentación: forma parte de ella. Intentar controlar el peso durmiendo cinco horas es remar contra la marea hormonal.
Estas medidas ayudan:
- Prioriza 7 u 8 horas de sueño como parte de tu plan, no como un extra.
- Mantén horarios regulares, también el fin de semana.
- Si has dormido mal, anticipa el ansia y ten a mano opciones con proteína.
- No interpretes ese hambre como un fallo de voluntad.
- Cuida los hábitos para dormir mejor.
Lo que conviene recordar sobre la grelina y la leptina
Dormir poco altera el balancín hormonal del apetito: en el estudio de referencia, la grelina subió un 28%, la leptina bajó un 18% y el hambre aumentó un 24%, con un ansia de hasta el 45% por alimentos calóricos y ricos en carbohidratos. Esas cifras proceden de comparar 4 horas de sueño con 10, así que conviene no atribuirlas a 90 minutos exactos, pero la dirección es clara y se confirma en estudios de población. La lección es que el despertador forma parte de la dieta, y que el hambre tras una mala noche tiene una explicación fisiológica, no moral.
Este contenido tiene finalidad informativa y no sustituye la evaluación de un médico. Si tienes problemas de sueño o de peso persistentes, consulta con un profesional de la salud.









