Los triglicéridos son grasas que circulan por la sangre y funcionan como una reserva de energía. El organismo los obtiene de los alimentos y también los fabrica cuando recibe más calorías de las que necesita. Aunque cumplen una función útil, mantenerlos elevados favorece alteraciones metabólicas y aumenta el riesgo de enfermedad cardiovascular.
¿Qué son los triglicéridos y para qué sirven?
Después de comer, el intestino transforma parte de las grasas en triglicéridos y las transporta hacia los tejidos. El hígado también puede producirlos a partir del exceso de azúcar, alcohol y otros nutrientes. Cuando el cuerpo necesita energía entre comidas, libera estas reservas almacenadas en las células grasas.
En adultos, suele considerarse saludable un valor en ayunas inferior a 150 mg/dL. Entre 150 y 199 mg/dL se considera un nivel límite, mientras que una cifra de 200 a 499 mg/dL es alta. El problema suele avanzar sin síntomas, por lo que solo puede confirmarse mediante una analítica que incluya colesterol total, LDL, HDL y triglicéridos.
¿Qué dice la ciencia sobre el riesgo cardiovascular?
Los triglicéridos elevados suelen aparecer junto con otras alteraciones, como colesterol HDL bajo, resistencia a la insulina y partículas lipoproteicas capaces de favorecer la aterosclerosis. Según una revisión sistemática y metarregresión publicada en Circulation en 2019, el descenso de los triglicéridos se asoció con menos eventos vasculares mayores, incluso después de considerar la reducción del colesterol LDL.
La investigación analizó ensayos aleatorizados con diferentes tratamientos para modificar los lípidos. Sus resultados no significan que cualquier producto capaz de bajar la cifra proteja necesariamente el corazón. El beneficio depende del tratamiento utilizado, del colesterol LDL, de la presión arterial, de la diabetes y del riesgo cardiovascular global de cada persona.
¿Por qué pueden aumentar estas grasas en la sangre?
La causa más frecuente es un desequilibrio entre las calorías consumidas y la energía utilizada. Los azúcares añadidos, las bebidas azucaradas, el alcohol y las harinas refinadas se absorben con rapidez. Cuando se consumen en exceso, el hígado puede transformar parte de esa energía en triglicéridos. Algunas enfermedades, medicamentos y alteraciones hereditarias también influyen.
- Consumir con frecuencia refrescos, dulces, bollería, zumos azucarados y postres.
- Beber alcohol de forma habitual, incluso si se trata de cerveza o vino.
- Presentar sobrepeso, especialmente cuando existe acumulación de grasa abdominal.
- Tener diabetes mal controlada, resistencia a la insulina o síndrome metabólico.
- Padecer hipotiroidismo, enfermedad renal o determinadas alteraciones hepáticas.
- Llevar una vida sedentaria y consumir más calorías de las necesarias.
- Tomar algunos medicamentos, como ciertos corticoides, estrógenos o tratamientos para la presión arterial.
- Presentar trastornos hereditarios que dificultan la eliminación de grasas de la sangre.
Cuando la cifra supera los 500 mg/dL, aumenta especialmente el riesgo de pancreatitis aguda, una inflamación del páncreas que requiere atención médica. En esos casos no conviene intentar corregir el resultado únicamente con remedios caseros o cambios improvisados en la dieta.

¿Qué cambios ayudan a reducir los triglicéridos?
La estrategia depende de la causa, pero suele comenzar reduciendo azúcares, alcohol y exceso de calorías. También conviene sustituir mantequilla, embutidos, carnes grasas y productos ultraprocesados por aceite de oliva, frutos secos, semillas, pescado y otras fuentes de grasas insaturadas. Una alimentación para controlar los triglicéridos debe adaptarse al peso, la glucosa, la medicación y las necesidades personales.
- Eliminar o reducir refrescos, bebidas energéticas, dulces y productos con jarabes o azúcar añadido.
- Priorizar verduras, legumbres, avena, cereales integrales y frutas enteras en lugar de zumos.
- Limitar el alcohol y evitarlo por completo cuando los valores sean muy altos.
- Sustituir grasas saturadas por aceite de oliva, aguacate, pescado azul y frutos secos sin sal.
- Controlar las porciones de pan, arroz, pasta y otros alimentos ricos en almidón.
- Realizar entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada.
- Incluir ejercicios de fuerza al menos dos días por semana, según la capacidad física.
- Reducir peso de forma gradual cuando exista sobrepeso, sin dietas extremadamente restrictivas.
El ejercicio mejora el uso de la glucosa, aumenta el gasto energético y ayuda a reducir la grasa visceral. Caminar a paso ligero, montar en bicicleta, nadar o bailar son opciones válidas. La regularidad importa más que hacer sesiones intensas de forma aislada, especialmente cuando la persona lleva tiempo sin entrenar.
Cómo interpretar el resultado y cuándo se necesita tratamiento
Un resultado elevado debe valorarse junto con el colesterol LDL y HDL, la glucosa, la presión arterial y los antecedentes personales. El profesional puede repetir la prueba en ayunas y buscar causas secundarias, como diabetes, hipotiroidismo, enfermedad renal o consumo de medicamentos. Las cifras muy altas o los antecedentes familiares de pancreatitis pueden justificar una evaluación genética.
Cuando la alimentación y el ejercicio no son suficientes, pueden indicarse estatinas, fibratos o omega-3 de prescripción. Estos medicamentos no son equivalentes a los suplementos vendidos sin receta y deben utilizarse con supervisión. El seguimiento mediante analíticas permite comprobar la respuesta, ajustar las dosis y reducir tanto el riesgo cardiovascular como las complicaciones asociadas a una concentración muy elevada.
Este contenido tiene finalidad informativa y no sustituye la evaluación médica. Un profesional sanitario debe interpretar la analítica y decidir si son necesarios cambios dietéticos, pruebas adicionales o tratamiento farmacológico.









