El calor extremo es mucho más que una molestia veraniega. Para el corazón es un esfuerzo añadido que puede pasar inadvertido hasta que aparece un mareo, un descenso brusco de la tensión o una arritmia. Las olas de calor cada vez más frecuentes obligan a replantear hábitos cotidianos, especialmente en personas mayores y en quienes ya conviven con problemas cardiovasculares. Hay siete medidas sencillas que marcan diferencias reales.
Qué le pasa al corazón cuando suben las temperaturas
El cuerpo intenta mantener una temperatura interna cercana a 37 grados a toda costa. Cuando el ambiente se calienta, el organismo activa dos respuestas: dilata los vasos sanguíneos de la piel para disipar el calor y aumenta la sudoración. Las dos requieren más trabajo cardíaco, porque el corazón debe bombear más sangre y a mayor velocidad para mantener la presión y la oxigenación de los tejidos.
Esa carga extra se nota más en personas con hipertensión, insuficiencia cardíaca, cardiopatía isquémica o arritmias previas. La pérdida de líquidos y de sales por el sudor agrava la situación, baja la tensión arterial y favorece desmayos o caídas. En los casos más graves, el calor extremo puede precipitar un infarto, un ictus o un episodio de descompensación cardíaca.
¿Qué dice la ciencia sobre el calor y el corazón?
Según una revisión sistemática y metaanálisis publicado en The Lancet Planetary Health en 2022, dirigido por Jingwen Liu y colaboradores, las olas de calor se asociaron con un aumento del 11,7% del riesgo de mortalidad cardiovascular, con incrementos del 6,7% en olas de calor leves, del 8,8% en moderadas y del 18,9% en las de mayor intensidad.
El trabajo, basado en datos epidemiológicos de distintas zonas climáticas, deja una conclusión clara: el calor extremo no es un riesgo abstracto, sino un factor cuantificable que aumenta los eventos cardiovasculares en toda la población. Otra investigación en la misma línea apuntó a que las medidas preventivas sencillas, sostenidas durante la ola de calor, reducen de forma significativa los ingresos hospitalarios y la mortalidad atribuible al calor.
Hidratarse de forma constante a lo largo del día
La sed es una señal tardía. Cuando aparece, el cuerpo ya ha perdido una parte importante de sus líquidos. Beber agua de forma regular, en pequeños sorbos repartidos durante toda la jornada, es la medida con mayor respaldo científico para proteger el corazón en días calurosos. La recomendación habitual en personas sin restricciones específicas es de 1,5 a 2 litros diarios, ajustables según la actividad y el clima.
El agua es la mejor opción. Las bebidas con alcohol, las muy azucaradas y los refrescos con cafeína en exceso favorecen la deshidratación. Las personas mayores y quienes toman diuréticos requieren una vigilancia más estricta, porque pueden no notar sed aun perdiendo cantidades importantes de líquido. En estos casos conviene programar tomas regulares, incluso sin sensación de sed.

Evitar las horas centrales del día
Entre las 12 y las 17 horas, la temperatura ambiente, la radiación solar directa y la humedad alcanzan sus valores más exigentes. Salir a comprar, hacer recados o caminar largos trayectos en esa franja somete al sistema cardiovascular a un estrés innecesario. Reorganizar las actividades cotidianas a primera hora de la mañana o al final de la tarde reduce el riesgo de forma notable.
Quienes practican ejercicio deberían ajustar también sus horarios. Caminatas, bicicleta, jardinería o cualquier actividad al aire libre se toleran mejor antes de las 10 o después de las 19 horas. En la franja central, conviene buscar espacios frescos, sombras prolongadas o, si es posible, ambientes con aire acondicionado regulado a una temperatura sensata.
Ajustar la alimentación a la temporada
Las comidas copiosas, ricas en grasa, sal o picantes elevan la temperatura corporal y exigen un esfuerzo extra al sistema cardiovascular durante la digestión. En verano, la dieta mediterránea encaja especialmente bien por su ligereza y su densidad de nutrientes con efecto protector. Hay opciones que ayudan a hidratar y aportar minerales perdidos por el sudor.
- Sandía, melón, pepino, tomate y otras frutas y verduras de alto contenido en agua.
- Gazpachos, salmorejos y cremas frías de verduras como plato principal.
- Pescado azul fresco, fuente de omega-3 con efecto cardioprotector.
- Yogur natural y kéfir como tentempié refrescante.
- Frutos secos sin sal en cantidades moderadas.
- Legumbres en preparaciones frías como ensaladas de garbanzos o lentejas.
- Agua mineral, infusiones frías sin azúcar o caldos vegetales.
Reducir el alcohol y las bebidas azucaradas refuerza el efecto. Quienes quieran integrar este enfoque en su rutina pueden conocer también los alimentos que ayudan a bajar la presión arterial y combinarlos a lo largo de la semana.
Mantener la casa fresca sin contrastes bruscos
Una vivienda fresca alivia la carga cardiovascular. Cerrar persianas durante las horas de sol intenso, ventilar al amanecer y al anochecer, usar ventiladores con prudencia y aprovechar el aire acondicionado en las horas de mayor calor son medidas de impacto inmediato. La temperatura interior ideal se sitúa entre 24 y 26 grados, con una diferencia de no más de 8 a 10 grados respecto al exterior.
Los contrastes térmicos extremos son perjudiciales. Pasar de una calle a 38 grados a un local refrigerado a 20 grados produce una vasoconstricción brusca que puede desencadenar episodios de angina en personas con cardiopatía isquémica previa. Es mejor regular la temperatura de forma gradual y evitar duchas con agua muy fría inmediatamente después de exponerse al sol.
Cuidar la medicación habitual con criterio
Muchos fármacos cardiovasculares interactúan con el calor. Los diuréticos aumentan la pérdida de líquidos y pueden favorecer la deshidratación. Los antihipertensivos potencian la vasodilatación natural del calor y aumentan el riesgo de hipotensión y mareos. Los betabloqueantes reducen la capacidad del organismo para responder al estrés térmico.
Eso no significa abandonar el tratamiento. Significa hablar con el médico antes de la temporada de calor para revisar dosis, horarios y posibles ajustes. Suspender por cuenta propia un fármaco para la presión arterial puede tener consecuencias graves. En cambio, controlar las cifras en casa y consultar si la tensión sistólica baja por debajo de 100 mmHg o si aparecen mareos persistentes permite ajustar el plan terapéutico de forma segura.
Vestirse y protegerse para reducir la carga térmica
La ropa ligera, holgada, de colores claros y tejidos naturales como el algodón o el lino facilita la transpiración y la disipación del calor. Los sombreros de ala ancha y las gafas de sol con protección ultravioleta reducen la exposición directa al sol. Aplicar protector solar de factor alto evita el daño térmico añadido sobre la piel.
Las personas con enfermedad cardiovascular conocida deberían mantener consigo una pequeña botella de agua, una identificación con sus datos médicos y, si toman varios fármacos, una lista actualizada. Estas medidas, aparentemente menores, facilitan la actuación rápida ante cualquier descompensación fuera de casa.
Identificar los signos de alarma a tiempo
El golpe de calor y la descompensación cardiovascular se pueden prevenir si se reconocen los síntomas iniciales. Acudir al médico o llamar a urgencias no es exagerar, es una decisión sensata cuando aparecen señales claras.
- Mareo persistente, sensación de inestabilidad o pérdida de equilibrio.
- Dolor en el pecho, presión torácica o sensación de ahogo al menor esfuerzo.
- Palpitaciones irregulares o sensación de latido fuerte e inusual.
- Confusión, desorientación o somnolencia anormal.
- Fiebre superior a 39 grados sin causa infecciosa clara.
- Piel caliente y seca, con ausencia de sudoración.
- Náuseas, vómitos repetidos o calambres musculares intensos.
Una rutina sensata para un verano con menos riesgos
El calor no se elige, pero la forma de afrontarlo sí. Hidratarse de manera constante, esquivar las horas centrales, comer ligero, climatizar el hogar con criterio, revisar la medicación con el médico, vestirse con ropa adecuada y reconocer los signos de alarma forman una secuencia de pequeñas decisiones que reducen la carga cardiovascular y evitan la mayoría de las complicaciones evitables. Las personas mayores, las que tienen enfermedades del corazón y las que toman fármacos crónicos son las que más se benefician de aplicar estas medidas con constancia.
Esta información tiene carácter divulgativo y no sustituye la valoración de un profesional sanitario. Ante problemas cardiovasculares conocidos, síntomas persistentes durante una ola de calor o dudas sobre el ajuste de la medicación, lo recomendable es acudir al médico de cabecera o al cardiólogo para una valoración personalizada.









