El cuerpo humano mantiene su temperatura interna en torno a 37 °C, y protegerla cuando baja el termómetro cuesta energía. Por eso muchas personas notan que el apetito aumenta entre noviembre y febrero, justo cuando más apetecen los platos de cuchara, el pan y los dulces. No hay una única causa. El frío, las pocas horas de luz, las hormonas y el calendario social influyen tanto en lo que comemos como en la cantidad.
El frío obliga al cuerpo a gastar más energía
La termogénesis es el proceso por el que el organismo produce calor. Cuando hace frío, se activa de dos maneras. Una son los escalofríos, que son contracciones musculares rápidas. La otra es la grasa parda, un tejido capaz de quemar calorías para generar calor sin necesidad de moverse. Este gasto extra por termogénesis existe, pero en la vida diaria es pequeño, porque pasamos casi todo el día abrigados y en espacios con calefacción. Aun así, el cerebro registra la pérdida de calor y puede empujarnos a buscar alimentos con más energía.
La ciencia ve un patrón estacional menos claro de lo que parece
Una revisión publicada en 2023 reunió las investigaciones disponibles sobre la variación de la ingesta energética según la estación. Su conclusión sorprende. Comemos de forma distinta a lo largo del año, pero los estudios no se ponen de acuerdo sobre qué estación concentra más calorías. En unos trabajos destaca el invierno y en otros, la primavera o el verano.
Los autores proponen varias explicaciones que pueden darse a la vez. La temperatura y las horas de luz podrían modificar las hormonas del apetito, como la grelina, que estimula el hambre, y la leptina, que ayuda a frenarla. A esto se suman factores sociales: celebraciones, comidas fuera de casa y menos actividad al aire libre. En España, las comidas navideñas de diciembre llenan la mesa de turrones, asados y embutidos, y eso influye tanto como el termómetro.

Menos luz solar, menos serotonina y más antojos
En invierno la luz solar escasea. En buena parte de España, el día más corto del año apenas supera las nueve horas de claridad. La falta de luz se asocia con una menor actividad de la serotonina, el neurotransmisor que interviene en el estado de ánimo y en la saciedad. Los carbohidratos facilitan la llegada al cerebro del triptófano, el aminoácido a partir del cual se fabrica la serotonina. Esto ayuda a entender varios cambios típicos de esta época:
- Más deseo de dulces, pan, pasta y bollería.
- Somnolencia y menos ganas de moverse.
- Picoteo a media tarde, cuando oscurece pronto.
- En algunas personas, trastorno afectivo estacional, con aumento del apetito y del peso.
¿Por qué apetecen tanto los guisos y el chocolate cuando hace frío?
Parte de la respuesta tiene que ver con el placer y no con la necesidad. Una investigación de 2024 expuso a voluntarios a 24 horas de frío o de calor. El apetito y la ingesta apenas cambiaron, pero sí se observó un cambio marcado en la recompensa que generan los alimentos. Dicho de otro modo, el frío no siempre nos hace comer más, pero sí hace más atractivos ciertos platos. Un cocido caliente da además sensación de confort térmico, y las comidas ricas en grasa y azúcar refuerzan ese circuito de recompensa.

Cómo controlar el hambre en los meses fríos
Adaptar la dieta a la estación ayuda a tener el apetito bajo control sin renunciar a los platos de temporada. Estas pautas sencillas tienen respaldo en la práctica clínica, y hay más ideas para saber cómo reducir el hambre a diario:
- Incluir proteína y fibra en cada comida: legumbres, huevos, pescado y verduras de temporada como la coliflor o la alcachofa.
- Tomar luz solar por la mañana, aunque sean 20 minutos, para ajustar el reloj biológico.
- Mantener horarios de sueño estables, ya que dormir poco eleva la grelina.
- Empezar con sopas o cremas de verduras, que sacian con pocas calorías.
- Seguir haciendo ejercicio, que activa la termogénesis muscular y mejora el ánimo.
Que el hambre aumente un poco en los meses fríos es normal. Conviene consultar con el médico o con un dietista-nutricionista si se ganan más de 3 o 4 kilos sin motivo claro o si el hambre no desaparece ni después de comer. También hay que consultar si aparecen tristeza persistente, cansancio intenso y mucho sueño durante semanas. La sed intensa con ganas frecuentes de orinar también es motivo de consulta, porque puede indicar una alteración de la glucosa en sangre.
Este contenido es solo informativo y no sustituye la evaluación, el diagnóstico ni el seguimiento de un profesional sanitario. Si tienes síntomas o dudas sobre tu alimentación o tu estado de salud, pide atención médica.








