Hay personas que notan que su estado de ánimo cambia de forma regular hacia el final del día. La inquietud aparece sin motivo claro, los pensamientos se aceleran, la energía cae bruscamente y una sensación difusa de malestar se instala justo cuando el sol comienza a descender. Ese fenómeno, conocido en inglés como sunset anxiety y popularizado especialmente a raíz de los cambios de horario de verano a invierno, no es un diagnóstico clínico formal, pero sí corresponde a una experiencia real con bases fisiológicas y psicológicas identificadas. La psicóloga Niro Feliciano lo describe con precisión: cuando es más luminoso durante más tiempo, las personas sienten más energía e incluso más esperanza, y esa dinámica funciona también en sentido inverso.
Las bases biológicas: cortisol, ritmo circadiano y luz solar
El organismo humano no funciona de forma homogénea a lo largo del día. Tiene un sistema de temporización interno, el reloj circadiano situado en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo, que coordina los ritmos de prácticamente todos los procesos fisiológicos en ciclos de aproximadamente 24 horas. Ese reloj se sincroniza principalmente con la luz solar, y cuando la luz cambia de forma brusca o se reduce de forma significativa, como ocurre con la llegada del otoño y el invierno o con los cambios de horario, ese sistema de temporización puede desajustarse de formas que afectan al estado de ánimo, la energía y la regulación emocional.
El cortisol, la hormona principal del eje del estrés, sigue uno de los ritmos circadianos más claros del organismo. Alcanza su pico máximo alrededor de las 8 a 9 de la mañana para facilitar el estado de alerta al inicio de la jornada, y desciende de forma progresiva a lo largo del día, alcanzando sus niveles más bajos durante la noche. Ese descenso vespertino del cortisol es fisiológicamente normal y necesario para facilitar la transición hacia el sueño. Sin embargo, en personas con ansiedad crónica, síndrome depresivo o predisposición a la alteración del ritmo circadiano, ese descenso hormonal puede coincidir con una ventana de mayor vulnerabilidad emocional. Una revisión publicada en la revista Frontiers in Psychiatry en 2023 confirmó que el trastorno del ritmo circadiano del cortisol es uno de los marcadores biológicos más consistentes de la depresión con componente ansioso, con desregulaciones que afectan especialmente a los niveles vespertinos.

Los factores psicológicos que amplifican la ansiedad al atardecer
Más allá de los mecanismos hormonales, hay factores cognitivos y emocionales que explican por qué el final del día es especialmente vulnerable a la ansiedad en algunas personas. La fatiga mental acumulada durante la jornada reduce la capacidad de la corteza prefrontal para regular las emociones y frenar los pensamientos rumiativos. Al final del día, cuando esa capacidad reguladora está más agotada, los pensamientos que se habían mantenido al margen durante las horas de actividad tienden a emerger con mayor intensidad.
- Fatiga de decisión acumulada: cada decisión tomada durante el día agota gradualmente los recursos cognitivos. Al atardecer, esa fatiga deja menos capacidad para gestionar la incertidumbre y los pensamientos anticipatorios sobre el día siguiente, lo que facilita que la ansiedad sobre el futuro se instale.
- Ruptura de la estructura diurna: el día tiene una estructura implícita de tareas, objetivos y actividad que mantiene al cerebro orientado hacia el presente. Cuando esa estructura desaparece al final de la jornada, el modo por defecto del cerebro, que tiende hacia el pensamiento rumiativo y la proyección hacia el futuro, gana terreno.
- Asociaciones negativas con la noche: para personas con insomnio, miedo a la soledad, experiencias traumáticas nocturnas o tendencia a la sobreactivación al acostarse, el atardecer puede activar anticipaciones ansiosas sobre lo que se espera durante la noche.
- Reducción de la luz y el estado de ánimo: la disminución de la luz solar reduce la síntesis de serotonina, el neurotransmisor de la regulación emocional que se produce en respuesta directa a la exposición lumínica. Esa reducción contribuye a la tristeza y la inquietud vespertina que muchas personas experimentan especialmente en otoño e invierno.
Cuándo la ansiedad al atardecer puede señalar algo que merece evaluación
La ansiedad vespertina leve y ocasional es una experiencia normal dentro del espectro emocional humano. Hay situaciones en las que merece atención profesional. Para entender mejor qué es la ansiedad, cuáles son sus criterios diagnósticos y qué tratamientos tienen mayor evidencia, conviene revisar también las diferencias entre la ansiedad situacional y los trastornos de ansiedad que requieren intervención específica.
- Cuando la ansiedad vespertina es intensa, sistemática y predecible todos los días, puede ser un síntoma del trastorno de ansiedad generalizada o del trastorno depresivo mayor con componente ansioso.
- Cuando coincide con la reducción de luz solar estacional de forma consistente durante varios otoños e inviernos, puede corresponder al trastorno afectivo estacional, que tiene tratamientos específicos como la fototerapia.
- Cuando se acompaña de insomnio crónico, pensamientos rumiativos sobre el pasado o el futuro que interfieren con el sueño, o una sensación de inutilidad que aparece regularmente al final del día, la evaluación con un psicólogo o psiquiatra es el paso adecuado.

Estrategias de afrontamiento con mayor evidencia para el final del día
Las estrategias más eficaces para la ansiedad al atardecer actúan sobre dos frentes simultáneos: el fisiológico, reduciendo la activación del sistema nervioso simpático, y el cognitivo, interrumpiendo el modo rumiativo que tiende a instalarse cuando desaparece la estructura de la jornada.
- Rutina de cierre de jornada: establecer un ritual de transición entre el final de las obligaciones del día y el inicio del tiempo personal es la intervención estructural más eficaz. Puede incluir una actividad física suave, un paseo, anotar en un cuaderno las tres cosas principales pendientes para el día siguiente para descargarlas de la mente, o preparar algo que se anticipe con agrado. Ese ritual señala al cerebro que la jornada ha terminado y que el modo de alerta puede reducirse.
- Respiración lenta y diafragmática: cinco a diez minutos de respiración con una espiración más larga que la inspiración, por ejemplo cuatro segundos inspirando y seis espirando, activan el sistema nervioso parasimpático y reducen los niveles de cortisol de forma directa y rápida. Realizarla en el mismo lugar y a la misma hora cada día refuerza su efecto mediante el condicionamiento.
- Exposición a la luz natural al atardecer: paradójicamente, salir y ver el atardecer, en lugar de evitar el cambio de luz, puede reducir la ansiedad asociada a él. La exposición a la luz al final del día ayuda al sistema circadiano a calibrar mejor la transición hacia la noche y puede reducir el impacto del cambio lumínico sobre el estado de ánimo.
- Reducción de pantallas en la hora previa al sueño: la luz azul de las pantallas inhibe la producción de melatonina y mantiene el sistema nervioso en estado de activación. Reducirla en la hora previa a acostarse facilita la transición natural hacia el sueño y reduce la sobreactivación cognitiva nocturna.
- Mindfulness orientado al presente: técnicas breves de atención plena al final del día que anclén la conciencia en sensaciones del momento presente, la temperatura del ambiente, los sonidos del entorno, la textura de lo que se tiene en las manos, reducen la tendencia del cerebro a proyectarse hacia el futuro que es el sustrato del pensamiento ansioso.
La ansiedad al atardecer no es debilidad ni exageración. Es la expresión de una biología que responde a los cambios del entorno lumínico y hormonal de una forma que, en algunas personas, produce más malestar del que es funcional. Reconocerla como un patrón predecible en lugar de vivirla como un malestar incomprensible es el primer paso para diseñar una rutina vespertina que reduzca su intensidad de forma progresiva.
Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la evaluación médica ni el consejo de un profesional de la salud mental. Ante ansiedad vespertina intensa, sistemática o que interfiere con el sueño y la calidad de vida, consulte con su médico o psicólogo para recibir la evaluación adecuada.









