La presión alta se gana el apodo de enemiga silenciosa porque la mayoría de las personas que la tienen no notan absolutamente nada. Cuando sí aparece algún aviso, los tres más citados son el dolor de cabeza, el mareo y la visión borrosa. Son señales inespecíficas, así que sirven para sospechar, nunca para diagnosticar ni para descartar.
¿Por qué la tensión alta no suele avisar?
Las arterias carecen de receptores del dolor en su pared interna, así que la fuerza que ejerce la sangre contra ellas no genera ninguna sensación consciente. El organismo se adapta poco a poco a cifras cada vez más altas y las asume como su punto de partida normal.
Ese silencio no significa tranquilidad. Mientras tanto, la pared arterial se engrosa, el ventrículo izquierdo trabaja contra más resistencia y los capilares del riñón y de la retina van sufriendo. Encontrarse bien y tener 170/100 mmHg es una combinación perfectamente posible.
¿Se puede notar cuándo sube?
Mucha gente asegura que sí, que reconoce sus subidas por la nuca cargada o el sofoco. Un equipo británico decidió comprobarlo pidiendo a pacientes hipertensos que predijeran su tensión antes de cada medición semanal.
Según el estudio publicado en el Journal of Human Hypertension en 1997, con 102 pacientes seguidos en una consulta de atención primaria, entre quienes creían saber cuándo tenían la tensión alta el 86% no acertaba al predecir sus cifras. Ese grupo, además, refería más síntomas y puntuaba más alto en ansiedad que el resto. Los autores recomendaron algo muy concreto: no usar nunca las sensaciones propias para decidir si tomar o saltarse la medicación.
Los tres síntomas más citados
Cuando aparecen, suelen hacerlo con cifras muy elevadas o en subidas rápidas. Así se manifiesta cada uno:
- Dolor de cabeza, típicamente en la nuca, más frecuente al despertar y de carácter sordo y persistente;
- Mareo o sensación de inestabilidad, sobre todo al incorporarse, sin llegar a la sensación de giro del vértigo;
- Visión borrosa o aparición de puntos brillantes y moscas volantes en el campo visual.
A menudo se acompañan de zumbido en los oídos, palpitaciones en las sienes, sangrado nasal o cansancio desproporcionado. Todos ellos aparecen igualmente en migrañas, deshidratación, ansiedad, anemia o problemas cervicales, de ahí la necesidad de comprobarlo con un aparato.

¿Cuándo hay que actuar de inmediato?
Existe una situación distinta, la crisis hipertensiva, con valores iguales o superiores a 180/120 mmHg acompañados de síntomas. Conviene acudir a urgencias ante cualquiera de estos casos:
- Dolor u opresión en el pecho;
- Dificultad para respirar estando en reposo;
- Dolor de cabeza muy intenso con confusión o somnolencia;
- Pérdida brusca de visión;
- Debilidad o pérdida de fuerza en un lado del cuerpo;
- Dificultad repentina para hablar o para entender.
Fuera de esos casos, la vía es la consulta programada y el ajuste de hábitos. Junto al tratamiento que indique el médico, ayuda conocer los alimentos que ayudan a bajar la tensión y reducir la sal de la dieta diaria.
¿Cómo se confirma y se controla?
Solo con mediciones repetidas y bien hechas, nunca con una cifra suelta ni con la sensación del día. Una toma fiable exige sentarse cinco minutos antes, apoyar la espalda, mantener los pies planos en el suelo y el brazo a la altura del corazón, sin haber tomado café ni fumado en la media hora previa. Lo recomendable son dos tomas separadas por un minuto, mañana y noche, durante cinco a siete días, y llevar ese registro escrito a la consulta. El diagnóstico suele completarse con un holter de 24 horas cuando las cifras bailan o cuando se sospecha efecto de bata blanca. A partir de los 40 años conviene comprobarla al menos una vez al año, y antes si hay antecedentes familiares, sobrepeso, diabetes o enfermedad renal. Un apunte que se repite en consulta y merece insistencia: quien ya tiene tratamiento pautado debe seguir tomándolo aunque las cifras estén perfectas, porque esa normalidad es precisamente el resultado del fármaco y desaparece a las pocas semanas de abandonarlo.
Este contenido tiene carácter informativo y no sustituye la evaluación ni el seguimiento de un profesional sanitario. Si tienes dudas sobre tus cifras de tensión, consúltalo con tu médico de familia.









