Cuando se habla de vitamina D, la primera asociación es casi automática: calcio y huesos. Esa conexión es real y relevante, pero incompleta. La doctora y médico nutrióloga Macarena Samhan lo explicó con claridad en una entrevista en Radio Concierto: la vitamina D también participa en procesos relacionados con el sistema inmune y el metabolismo, por lo que un déficit puede tener efectos que muchas veces pasan inadvertidos. Comprender esa amplitud es lo que permite entender por qué el déficit de vitamina D se ha convertido en uno de los problemas nutricionales más frecuentes en Chile y en todo el mundo.
Qué hace la vitamina D más allá de los huesos
La vitamina D no es una vitamina en el sentido tradicional del término: técnicamente es una prohormona que el organismo sintetiza a partir del colesterol cuando la piel se expone a la radiación ultravioleta solar. Una vez activada en el riñón, actúa sobre receptores presentes en prácticamente todos los tejidos del cuerpo, incluyendo el sistema inmunitario, el músculo, el páncreas, el cerebro y el tejido cardiovascular.
Sobre el sistema inmune, la doctora Samhan señaló que la vitamina D hace que las infecciones virales sean menos graves: el COVID, la influenza e incluso el virus sincicial respiratorio. Ese efecto no es anecdótico: la vitamina D modula la respuesta de los macrófagos y los linfocitos T, estimula la producción de péptidos antimicrobianos como la catelicidina y reduce la respuesta inflamatoria excesiva que produce el daño tisular en las infecciones respiratorias graves. Una revisión publicada en la revista Nutrients en 2023 confirmó que el déficit de vitamina D se asocia con mayor susceptibilidad a las infecciones respiratorias, mayor gravedad de los cuadros y mayor riesgo de hospitalización, mientras que los niveles adecuados de vitamina D modulan la respuesta inmunitaria innata y adaptativa de forma significativa.

Por qué la obesidad reduce los niveles disponibles de vitamina D
La doctora Samhan abordó uno de los factores más frecuentes y menos conocidos que reduce la disponibilidad de vitamina D: la adiposidad. La explicación es bioquímica: la vitamina D es liposoluble, es decir, se almacena en el tejido graso. Una persona que tiene más adiposidad va a tener menores niveles de vitamina D, señaló la especialista. Eso significa que aunque una persona reciba exposición solar o consuma vitamina D, una parte importante queda secuestrada en el tejido adiposo y no está disponible en la circulación para ejercer sus funciones.
Ese mecanismo crea un círculo que se retroalimenta: la obesidad reduce la vitamina D circulante, y el déficit de vitamina D deteriora la función de las células beta del páncreas que producen insulina y amplifica la inflamación del tejido adiposo, lo que puede agravar la resistencia a la insulina y dificultar la pérdida de peso. En personas con obesidad, las necesidades de vitamina D para alcanzar niveles séricos adecuados son significativamente más altas que en personas con peso normal, y la suplementación sin considerar ese factor produce con frecuencia respuestas insuficientes.
Por qué la alimentación y la exposición solar no siempre son suficientes
La doctora Samhan fue directa al respecto: la alimentación no es suficiente para corregir un déficit, y es algo que uno no corrige nunca solo con alimentación. Las fuentes alimentarias de vitamina D son escasas y de baja biodisponibilidad: el pescado azul como la sardina y el salmón, el hígado, los huevos y los lácteos enriquecidos aportan cantidades modestas que difícilmente cubren las necesidades diarias sin exposición solar complementaria.
Sobre la exposición solar, la recomendación general considera entre 10 y 15 minutos diarios alrededor del mediodía, con las extremidades expuestas y sin protector solar. Pero la propia especialista reconoció que es algo que uno no hace todos los días. Factores como el uso habitual de protector solar, el trabajo en espacios cerrados durante las horas de mayor radiación, la latitud geográfica, la contaminación atmosférica, el tipo de piel y la estación del año hacen que la síntesis cutánea sea insuficiente para cubrir las necesidades en una gran proporción de la población, incluso en países con abundante sol. Para entender mejor cuáles son los síntomas del déficit de vitamina D, cómo se diagnostica y qué dosis de suplementación son adecuadas según el nivel basal y el perfil de riesgo, conviene revisar también las diferencias entre los distintos preparados de vitamina D disponibles en cuanto a biodisponibilidad y forma de administración.

Quiénes necesitan más atención y cuándo suplementar
La doctora Samhan señaló que la suplementación puede ser una herramienta útil en personas con mayor riesgo de déficit. En ese sentido, recomendó siempre suplementarse vitamina D en dosis bajas como base, especialmente en grupos específicos: lactantes, adultos mayores, personas con piel más oscura, que tienen menor eficiencia en la síntesis cutánea de vitamina D, y personas que viven en zonas más extremas del país o en latitudes altas con menor radiación solar durante el invierno.
- Lactantes: no reciben exposición solar adecuada y la leche materna aporta cantidades insuficientes de vitamina D. La suplementación sistemática está recomendada desde el nacimiento en la mayoría de las guías pediátricas.
- Adultos mayores: la síntesis cutánea de vitamina D se reduce con la edad porque disminuye la concentración del precursor cutáneo y la capacidad de activación renal. A partir de los 65 años, la suplementación sistemática reduce el riesgo de fracturas y de caídas de forma documentada.
- Personas con piel oscura: la melanina actúa como filtro de la radiación ultravioleta necesaria para la síntesis de vitamina D, por lo que necesitan mayor tiempo de exposición para producir la misma cantidad que una persona con piel clara.
- Personas con obesidad: por el mecanismo de secuestro en el tejido adiposo descrito, suelen necesitar dosis de suplementación más altas para alcanzar niveles séricos adecuados.
- Personas con enfermedades que reducen la absorción intestinal: la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa, la celiaquía y la cirugía bariátrica reducen la absorción de vitamina D y requieren monitorización específica.
Niveles adecuados, suplementación y precauciones
El nivel sérico de 25-hidroxivitamina D, el marcador analítico estándar, se considera insuficiente por debajo de 20 ng/mL y óptimo entre 30 y 60 ng/mL en la mayoría de las guías clínicas. Sin embargo, existe debate sobre el umbral exacto óptimo, especialmente para las funciones extrasqueléticas como la inmunidad y el metabolismo, donde algunos investigadores proponen rangos más altos.
La suplementación con vitamina D3, la colecalciferol, es la forma con mayor biodisponibilidad y mayor eficacia para elevar los niveles séricos. Las dosis habituales de mantenimiento en adultos sanos sin déficit establecido oscilan entre 600 y 2.000 UI al día. Cuando el déficit está confirmado analíticamente, las dosis de corrección son significativamente más altas y deben definirse con el médico que solicitó la analítica.
El riesgo de toxicidad por vitamina D existe pero requiere dosis muy elevadas durante períodos prolongados, generalmente superiores a 10.000 UI diarias durante semanas o meses sin monitorización. La hipervitaminosis D produce hipercalcemia con náuseas, calcificaciones en tejidos blandos y daño renal. Ese riesgo real refuerza la importancia de suplementar con base en una analítica previa en lugar de hacerlo de forma ciega. La vitamina D no es solo el nutriente del hueso: es una hormona con efectos sobre el sistema inmunitario, el metabolismo y la función muscular cuya importancia la ciencia sigue expandiendo, y cuyo déficit en la población es demasiado frecuente como para seguir tratándola como un tema menor.
Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la evaluación médica profesional. Ante sospecha de déficit de vitamina D o antes de iniciar cualquier suplementación, consulte con su médico para solicitar la analítica adecuada y recibir la orientación personalizada sobre la dosis correcta.









