Las hepatitis virales son la causa más frecuente de enfermedad hepática grave en el mundo. A pesar de que los tres tipos más prevalentes comparten el nombre y el órgano diana, el virus A, el B y el C son organismos completamente distintos con formas de transmisión diferentes, evoluciones clínicas opuestas y tratamientos que no tienen nada en común. Confundirlos tiene consecuencias reales: quienes tienen hepatitis C pueden no saber que la tienen durante décadas, y quienes tienen hepatitis B pueden pasar años sin tratamiento en una fase que sí lo necesita. Conocer las diferencias específicas entre los tres tipos es la base para entender qué hay que hacer en cada caso.
Hepatitis A: la que se cura sola y se previene con vacuna
El virus de la hepatitis A pertenece a los picornavirus y se transmite exclusivamente por vía fecal-oral. Esto significa que entra en el organismo al ingerir agua o alimentos contaminados con heces que contienen el virus, al consumir mariscos crudos procedentes de aguas contaminadas, o por contacto directo con personas infectadas en condiciones de higiene deficiente. No se transmite por la sangre, el sexo sin protección como factor único ni la saliva.
La hepatitis A siempre produce una infección aguda que se resuelve de forma espontánea. Nunca cronifica. El sistema inmunitario elimina el virus en semanas y genera una inmunidad permanente frente a futuras infecciones. En la mayoría de los adultos produce un cuadro autolimitado con fatiga, náuseas, dolor abdominal en el cuadrante superior derecho, pérdida de apetito, fiebre leve e ictericia visible en piel y ojos. En niños menores de seis años suele ser asintomática o muy leve. En adultos mayores y en personas con hepatopatía crónica preexistente puede producir formas más graves con fallo hepático agudo.
El tratamiento es de soporte: reposo, hidratación adecuada, dieta sin alcohol y evitar medicamentos hepatotóxicos hasta la normalización de las transaminasas. No existe ningún antiviral específico porque el sistema inmunitario resuelve la infección sin necesidad de él. La prevención mediante vacunación es muy eficaz: dos dosis de la vacuna inactivada de la hepatitis A producen inmunidad superior al 95% durante más de veinte años. Está especialmente recomendada en viajeros a países con alta prevalencia, personal de guarderías y sanitario, y personas con enfermedad hepática crónica.

Hepatitis B: la que puede cronificar y producir cirrosis o cáncer
El virus de la hepatitis B pertenece a los hepadnavirus y tiene una capacidad de transmisión mucho mayor que el VIH. Se transmite por vía parenteral a través de sangre o productos derivados contaminados, por vía sexual tanto homo como heterosexual sin preservativo, y por transmisión vertical de madre a hijo en el parto. No se transmite por la saliva en el contacto casual ni por compartir cubiertos o vasos. Una revisión publicada en el Journal of Hepatology en 2023 confirmó que más del 90% de los adultos inmunocompetentes que se infectan por el virus de la hepatitis B eliminan la infección de forma espontánea en los primeros seis meses, pero el 5% a 10% desarrolla infección crónica con riesgo significativo de cirrosis y carcinoma hepatocelular.
La proporción de cronificación es inversamente proporcional a la edad de la infección: el 90% de los recién nacidos infectados durante el parto cronifican, frente al 5% a 10% de los adultos. Eso explica por qué la vacunación en el periodo neonatal es prioritaria en todos los calendarios vacunales. La hepatitis B aguda puede ser asintomática o producir un cuadro similar al de la hepatitis A con ictericia, fatiga y malestar general. La forma crónica puede ser silenciosa durante años o décadas, con elevación leve de las transaminasas como único signo, mientras el daño hepático progresa lentamente hacia la fibrosis.
El tratamiento de la hepatitis B crónica no elimina el virus, que se integra en el ADN de los hepatocitos, pero sí puede suprimirlo de forma mantenida. Los fármacos de primera línea actuales son los análogos de nucleótidos tenofovir alafenamida y entecavir, que inhiben la ADN polimerasa viral y reducen la carga viral a niveles indetectables, frenando la progresión del daño hepático. La indicación de tratamiento depende del estadio de la enfermedad, los niveles de ADN viral y el grado de afectación hepática. La vacunación con tres dosis produce inmunidad superior al 95% y es la medida preventiva más eficaz disponible. Para entender mejor cómo se diagnostica la hepatitis B, qué marcadores serológicos permiten distinguir la infección aguda de la crónica y qué significa el estado de portador, conviene revisar también la interpretación del HBsAg, el antiHBs y el HBeAg.
Hepatitis C: la curable con antivirales y con millones de casos sin diagnosticar
El virus de la hepatitis C pertenece a los flavivirus y se transmite principalmente por vía parenteral a través de sangre contaminada: uso de jeringas compartidas entre usuarios de drogas intravenosas, transfusiones realizadas antes de que existieran pruebas de cribado obligatorio en los bancos de sangre, uso compartido de material para tatuajes o piercings no esterilizado, y en menor medida por vía sexual. La transmisión vertical de madre a hijo es posible pero menos eficiente que en la hepatitis B.
La característica más peligrosa de la hepatitis C es su silencio. El 80% de las personas que se infectan desarrollan hepatitis crónica sin síntomas perceptibles durante décadas, mientras el virus produce una inflamación hepática continua que progresa lentamente hacia la fibrosis, la cirrosis y el carcinoma hepatocelular. Muchos pacientes descubren que tienen hepatitis C cuando ya tienen cirrosis establecida o cuando un análisis rutinario revela transaminasas elevadas sin causa aparente. Se estima que más del 50% de las personas con hepatitis C en España no están diagnosticadas.
El gran avance en hepatitis C llegó con la aprobación de los antivirales de acción directa a partir de 2014. Fármacos como sofosbuvir, ledipasvir, daclatasvir, elbasvir, glecaprevir y pibrentasvir actúan directamente sobre proteínas específicas del virus, inhibiendo su replicación. Los tratamientos actuales, administrados durante ocho a doce semanas, consiguen tasas de curación virológica sostenida superiores al 95% en prácticamente todos los genotipos del virus y en todos los estadios de la enfermedad, incluyendo la cirrosis compensada. A diferencia de la hepatitis B, el VHC puede eliminarse completamente del organismo. No existe vacuna disponible actualmente.

Comparación de las tres hepatitis: transmisión, evolución y tratamiento
Las diferencias entre los tres tipos de hepatitis son tan fundamentales que la única característica que comparten es el órgano al que afectan. Entender esas diferencias es clave para orientar tanto el diagnóstico como la prevención.
- Transmisión: la hepatitis A es exclusivamente fecal-oral. La hepatitis B es parenteral, sexual y vertical, con alta capacidad de transmisión. La hepatitis C es principalmente parenteral con menor eficiencia sexual.
- Evolución: la hepatitis A siempre es aguda y se cura sola. La hepatitis B cronifica en el 5% a 10% de los adultos y en hasta el 90% de los recién nacidos infectados. La hepatitis C cronifica en el 80% de los adultos infectados.
- Síntomas: la hepatitis A produce síntomas agudos evidentes en adultos. La hepatitis B aguda puede ser sintomática o asintomática; la crónica suele ser silenciosa. La hepatitis C aguda es asintomática en el 80% de los casos y la crónica también.
- Tratamiento: la hepatitis A no necesita tratamiento antiviral. La hepatitis B crónica requiere antivirales supresores de larga duración sin curación definitiva en la mayoría de los casos. La hepatitis C se cura en el 95% de los casos con antivirales de acción directa en ocho a doce semanas.
- Prevención: la hepatitis A y B tienen vacunas altamente eficaces. No existe vacuna para la hepatitis C.
La importancia del diagnóstico precoz y quiénes deben hacerse la prueba
Dado que la hepatitis B crónica y la hepatitis C pueden avanzar durante décadas sin síntomas, el diagnóstico solo es posible mediante análisis de sangre específicos. El cribado no se hace de forma rutinaria en todos los adultos, pero hay grupos que deben realizárselo de forma prioritaria.
Para la hepatitis B, el cribado con HBsAg, antígeno de superficie, está indicado en personas nacidas en regiones de alta prevalencia como el sureste asiático o el África subsahariana, en personas que conviven con portadores del virus, en usuarios de drogas intravenosas, en personas VIH positivas, en mujeres embarazadas y en personas que van a iniciar tratamientos inmunosupresores. Para la hepatitis C, el cribado con anticuerpos anti-VHC está indicado en personas que recibieron transfusiones antes de 1992, en usuarios de drogas intravenosas aunque haya sido una sola vez, en personas con tatuajes o piercings en condiciones no estériles, en personas VIH positivas y en personas con hepatopatía de causa desconocida. El diagnóstico precoz de la hepatitis C es especialmente relevante porque el tratamiento es curativo en cualquier estadio, pero la fibrosis avanzada que produce la infección crónica no diagnosticada durante años puede ser irreversible.
Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la evaluación médica profesional. Ante sospecha de exposición a cualquiera de los virus de la hepatitis o síntomas compatibles, consulte con su médico para solicitar las pruebas diagnósticas adecuadas y recibir el tratamiento o la vacunación que corresponda.









