El verano no causa migraña en personas sin predisposición genética, pero en quienes ya la padecen puede disparar la frecuencia e intensidad de los ataques de forma significativa. Los neurólogos españoles llevan años observando ese patrón en consulta, y en 2026 la Fundación Española de Cefaleas lo ha avalado con datos: julio y agosto son los meses críticos para los pacientes con migraña, y detrás de ese empeoramiento no hay un solo culpable, sino una tormenta perfecta de factores que el cerebro migrañoso tolera especialmente mal.
Por qué el calor actúa como catalizador y no como causa directa
El doctor Julio Pascual, presidente del Comité Científico de la Fundación Española de Cefaleas y miembro del Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Española de Neurología, lo explica con precisión: el calor excesivo no provoca migraña en personas sin predisposición, pero sí favorece ataques más frecuentes e intensos en quienes ya tienen esa vulnerabilidad neurológica. El mecanismo implicado es la vasodilatación: el calor dilata los vasos sanguíneos y las arterias que recubren el cráneo, un proceso directamente relacionado con el dolor pulsátil característico de la migraña.
Una revisión publicada en la revista Headache: The Journal of Head and Face Pain en 2023, que analizó 12 estudios con más de cuatro millones de participantes, confirmó que la baja presión barométrica, los cambios bruscos de presión, la humedad elevada y las precipitaciones se asocian con un aumento de los episodios de migraña, factores todos ellos que confluyen en los meses de verano con mayor frecuencia que en ninguna otra estación.

Los desencadenantes veraniegos más frecuentes
La deshidratación es el factor más documentado y también el más fácil de prevenir. Una pérdida de líquidos de apenas el 1 o el 2% del peso corporal puede desencadenar una cascada de cambios en la presión arterial que activa los receptores de dolor en el cerebro. En verano, ese nivel de pérdida ocurre más rápido de lo que la mayoría de las personas calcula, especialmente cuando se combina con alcohol, que además tiene efecto diurético y vasodilatador. Para entender mejor cómo se manifiesta la migraña y cuáles son sus síntomas más característicos, conviene revisar también las fases del ataque y los síntomas previos que permiten anticiparlo.
La exposición a luz intensa es otro desencadenante que empeora en verano. La fotofobia, la sensibilidad extrema a la luz, es uno de los síntomas más comunes de la migraña, y el brillo solar de verano, amplificado por el reflejo en el agua, el asfalto o el parabrisas de un coche, puede provocar una crisis que no aparece hasta horas después del momento de exposición, lo que dificulta identificar la conexión.
El papel del sueño: el desencadenante más subestimado
La alteración del sueño en verano combina varios factores negativos a la vez: el calor dificulta la conciliación, los horarios se retrasan por la actividad social, los viajes alteran el ritmo circadiano y las noches más cortas reducen el tiempo de descanso total. Un estudio publicado en The Journal of Headache and Pain en 2024 demostró que la restricción parcial del sueño reduce la modulación del dolor en pacientes con migraña de forma significativa, lo que baja el umbral necesario para que se desencadene un ataque incluso ante estímulos que habitualmente no lo provocarían.
Mantener un horario de sueño regular, incluso en vacaciones, es una de las medidas preventivas con mayor impacto documentado en los pacientes con migraña crónica. Un solo día de sueño insuficiente eleva de forma medible la probabilidad de sufrir un ataque al día siguiente.

Otros hábitos veraniegos que actúan como desencadenantes
Más allá del calor, la luz y el sueño, el verano introduce una serie de cambios de rutina que en su conjunto forman la combinación más desfavorable para el cerebro migrañoso.
- Viajes largos: los desplazamientos prolongados combinan inmovilidad, deshidratación, cambios de presión en los vuelos y alteración del ritmo circadiano en destinos con diferencia horaria.
- Comidas copiosas: las celebraciones y reuniones sociales típicas del verano aumentan el tamaño de las raciones y la frecuencia de consumo de alimentos procesados, frituras y embutidos.
- Consumo de alcohol: el vino tinto, los destilados y la cerveza son desencadenantes conocidos de migraña, y su consumo aumenta de forma estadística en los meses de verano.
- Ejercicio intenso en horas de calor: la actividad física en las horas centrales del día combina vasodilatación, deshidratación y elevación de la temperatura corporal, tres factores que por separado ya elevan el riesgo de crisis.
- Contaminación atmosférica: una revisión de 2023 vinculó el monóxido de carbono, el dióxido de nitrógeno y las partículas en suspensión con un aumento de los ataques de migraña en personas sensibles, contaminantes que alcanzan sus picos en las ciudades durante el verano.
Qué medidas concretas reducen el riesgo de crisis en verano
Las recomendaciones de la Fundación Española de Cefaleas convergen con las de las sociedades neurológicas internacionales en un conjunto de medidas prácticas que, aplicadas de forma consistente, reducen significativamente la frecuencia de los ataques en los meses de mayor riesgo.
- Beber agua de forma activa a lo largo del día, sin esperar a tener sed, y usar bebidas con electrolitos en situaciones de sudoración intensa.
- Usar gafas de sol con filtro UV de alta graduación y evitar la exposición directa al sol en las horas centrales del día, entre las 11 y las 17 horas.
- Mantener horarios regulares de sueño y comidas, incluso en vacaciones, reduciendo al mínimo las variaciones respecto a la rutina habitual.
- Limitar el consumo de alcohol, especialmente el vino tinto y los destilados, que son los más frecuentemente citados como desencadenantes por los pacientes con migraña.
- Registrar los factores que preceden a cada ataque en un diario de migraña o una aplicación específica para identificar los desencadenantes personales y anticiparlos.
El verano no tiene que significar más migraña. La mayoría de los factores que disparan las crisis en estos meses son modificables con ajustes relativamente sencillos en la rutina. El conocimiento de los propios desencadenantes, combinado con un plan de tratamiento actualizado con el neurólogo, es la estrategia más eficaz para atravesar los meses de calor con el menor número de crisis posible.
Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la evaluación médica profesional. Si sufre migraña frecuente o sus crisis han empeorado este verano, consulte con su médico o neurólogo para revisar y actualizar su plan de tratamiento.









