La hipertensión arterial es el factor de riesgo cardiovascular modificable más prevalente del mundo y también el más subestimado. Afecta a aproximadamente uno de cada tres adultos en España, y en la mayoría de los casos no produce ningún síntoma perceptible hasta que el daño en los órganos diana ya es significativo. Esa es la razón por la que se la llama el asesino silencioso: puede llevar años deteriorando las arterias, el corazón, los riñones y el cerebro sin que la persona lo sepa, hasta que un infarto, un ictus o una insuficiencia renal revela que el problema existía desde mucho antes.
Qué es la presión arterial y cómo se mide correctamente
La presión arterial es la fuerza que ejerce la sangre sobre las paredes de las arterias a medida que el corazón la bombea. Se expresa con dos valores: la presión sistólica, que es la presión máxima en el momento en que el corazón se contrae y expulsa la sangre, y la presión diastólica, que es la presión mínima cuando el corazón se relaja entre latidos. Ambos valores se expresan en milímetros de mercurio y se presentan como sistólica sobre diastólica, por ejemplo 120/80 mmHg.
Las guías de la Sociedad Europea de Cardiología actualizadas en 2024 clasifican la presión arterial en los adultos de la siguiente manera: normal cuando la sistólica es inferior a 120 mmHg y la diastólica inferior a 80 mmHg, normal-alta entre 120-129 y menos de 80, hipertensión de grado 1 entre 130-139 o 80-89, hipertensión de grado 2 entre 140-159 o 90-99, e hipertensión de grado 3 cuando la sistólica supera los 160 mmHg o la diastólica los 100 mmHg. Una revisión publicada en la Revista Española de Cardiología en 2024 confirmó que la hipertensión arterial fue el factor de riesgo con mayor asociación con la mortalidad prematura en Europa, con una relación continua e independiente con el ictus, el infarto, la insuficiencia renal y el deterioro cognitivo que comienza por encima de 120/80 mmHg.
La medición domiciliaria con un tensiómetro validado es más representativa de la presión real que una sola medición en consulta, porque evita el efecto de bata blanca, el aumento transitorio que produce la situación de consulta médica. Para una medición correcta en casa: reposar cinco minutos sentado antes de medir, no haber tomado café, fumado ni hecho ejercicio en los 30 minutos previos, colocar el manguito a la altura del corazón, tomar dos mediciones consecutivas con un minuto de diferencia y registrar la media.

Por qué la presión alta daña las arterias, el corazón, los riñones y el cerebro
La presión arterial elevada de forma crónica actúa sobre los vasos sanguíneos de la misma forma que el exceso de presión actúa sobre cualquier tubería: deteriora las paredes de forma progresiva y acumulativa. El endotelio, la capa interna de las arterias, es especialmente sensible a ese estrés mecánico continuo. Cuando la presión es crónicamente alta, el endotelio se inflama, pierde su capacidad de producir óxido nítrico vasodilatador y se vuelve más permeable a los depósitos de colesterol LDL oxidado, lo que inicia y acelera la aterosclerosis.
- Corazón: el corazón debe trabajar contra una mayor resistencia para bombear la sangre a través de arterias más rígidas. Ese esfuerzo adicional produce hipertrofia del ventrículo izquierdo, que inicialmente es adaptativa pero que a largo plazo deteriora la función cardíaca y aumenta el riesgo de insuficiencia cardíaca, arritmias y muerte súbita.
- Arterias coronarias: la aterosclerosis acelerada por la hipertensión estrecha las arterias que alimentan el propio músculo cardíaco, produciendo angina de pecho e infarto de miocardio. La hipertensión multiplica el riesgo de infarto de forma independiente a otros factores de riesgo como el colesterol o el tabaco.
- Cerebro: las arterias cerebrales sometidas a presión alta son más vulnerables a la rotura, lo que produce hemorragia cerebral, y a la obstrucción por placas de aterosclerosis o émbolos, lo que produce el ictus isquémico. La hipertensión es el factor de riesgo modificable más importante para el ictus en todas sus formas.
- Riñones: los pequeños vasos del riñón que forman los glomérulos son especialmente sensibles a la presión elevada. La hipertensión crónica produce nefroesclerosis, deterioro progresivo de la filtración glomerular que puede evolucionar hacia la insuficiencia renal crónica.
- Retina: los vasos de la retina también reflejan el daño vascular producido por la hipertensión. La retinopatía hipertensiva puede reducir la agudeza visual de forma progresiva.
Los factores de riesgo modificables con mayor impacto sobre la presión arterial
La hipertensión primaria, que representa entre el 90% y el 95% de todos los casos, no tiene una causa única identificable sino que resulta de la interacción entre predisposición genética y factores de estilo de vida que actúan durante años. Esos factores de estilo de vida son los que permiten actuar sobre el riesgo de forma preventiva o terapéutica. Para entender mejor cuáles son las causas de la hipertensión secundaria y cuándo una hipertensión resistente al tratamiento requiere investigación adicional, conviene revisar también los criterios que determinan cuándo la hipertensión puede tener una causa tratable como el hiperaldosteronismo primario o la apnea del sueño.
- Exceso de sodio: es el factor dietético con mayor impacto individual sobre la presión arterial. Cada gramo adicional de sodio por encima de las recomendaciones se asocia a un aumento de entre 1 y 2 mmHg en la presión sistólica. La mayor parte del sodio de la dieta occidental no viene del salero sino de los ultraprocesados, embutidos, quesos curados y pan industrial.
- Sobrepeso y obesidad abdominal: la grasa visceral activa el sistema renina-angiotensina-aldosterona y el sistema nervioso simpático de forma crónica, manteniendo la presión elevada de forma constante. Una pérdida del 5% al 10% del peso corporal puede reducir la presión sistólica entre 5 y 10 mmHg en personas con hipertensión y sobrepeso.
- Sedentarismo: el ejercicio aeróbico regular de intensidad moderada produce reducciones de la presión sistólica de entre 4 y 9 mmHg, un efecto comparable al de algunos fármacos antihipertensivos en monoterapia. El sedentarismo mantiene la rigidez arterial y reduce la eficiencia del corazón.
- Alcohol: el consumo habitual por encima de los límites recomendados eleva la presión de forma directa y reduce la eficacia de los fármacos antihipertensivos.
- Estrés crónico: la activación sostenida del eje del cortisol y del sistema nervioso simpático produce vasoconstricción crónica. No produce hipertensión por sí solo en la mayoría de los casos, pero amplifica el efecto de los demás factores.
- Tabaco: cada cigarrillo produce una elevación aguda de la presión por vasoconstricción, y el tabaquismo crónico acelera la aterosclerosis de forma independiente a la presión arterial.

Cómo reducir la presión arterial: cambios de estilo de vida y tratamiento
En hipertensión de grado 1 sin daño en órganos diana, los cambios de estilo de vida son el primer tratamiento antes de considerar fármacos. En grados 2 y 3, el tratamiento farmacológico es necesario desde el inicio, aunque los cambios de estilo de vida siguen siendo imprescindibles como complemento.
- Dieta DASH: el patrón dietético con mayor evidencia de reducción de la presión arterial. Rica en frutas, verduras, lácteos bajos en grasa, cereales integrales, legumbres y frutos secos, baja en sodio, grasas saturadas y azúcares añadidos. Produce reducciones de entre 8 y 14 mmHg en la presión sistólica.
- Reducción del sodio: limitar el sodio a menos de 5 gramos de sal al día, equivalente a una cucharadita de café, produce reducciones de entre 2 y 8 mmHg. La medida más eficaz es reducir los ultraprocesados, no solo el salero.
- Ejercicio aeróbico regular: 150 minutos semanales de actividad de intensidad moderada como caminar rápido, nadar o montar en bicicleta producen reducciones de entre 4 y 9 mmHg de la presión sistólica.
- Tratamiento farmacológico: los grupos de primera línea son los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, los antagonistas de los receptores de angiotensina II, los antagonistas del calcio y los diuréticos tiazídicos. La elección depende de las características del paciente, las enfermedades asociadas y la tolerancia. Ningún fármaco debe iniciarse ni modificarse sin indicación médica.
Por qué la medición regular es la herramienta más importante
La hipertensión no produce síntomas en la mayoría de los casos hasta que el daño orgánico ya está establecido. El dolor de cabeza, los mareos y los sangrados nasales que muchas personas asocian a la presión alta son síntomas inespecíficos que no correlacionan de forma fiable con los valores reales de presión. La única forma de saber si la presión está elevada es medirla.
La frecuencia recomendada de control varía según el perfil de riesgo. En adultos sanos menores de 40 años, una medición cada dos a tres años en el centro de salud es suficiente. A partir de los 40 años, o antes si hay factores de riesgo como obesidad, diabetes, tabaquismo o antecedentes familiares de hipertensión, la medición anual es la recomendación mínima. En personas ya diagnosticadas con hipertensión, el autocontrol domiciliario con registro de valores es una herramienta fundamental para evaluar la respuesta al tratamiento y ajustar la medicación. Un tensiómetro validado en casa y la constancia en registrar los valores son las herramientas más eficaces y más accesibles para el control de una enfermedad que, bien manejada, no tiene por qué producir ninguna complicación a lo largo de la vida.
Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la evaluación médica profesional. Ante valores de presión arterial elevados o factores de riesgo cardiovascular, consulte con su médico para recibir una evaluación personalizada y el plan de tratamiento adecuado.









