Ese tono amarillento en la piel y en la parte blanca de los ojos se llama ictericia y siempre significa que hay bilirrubina acumulada en la sangre. No es un diagnóstico por sí mismo, sino una señal que obliga a buscar la causa. Algunas son leves y otras necesitan tratamiento rápido, y solo un análisis puede distinguirlas.
¿Por qué se pone amarilla la piel?
La bilirrubina es un pigmento que procede de la destrucción diaria de los glóbulos rojos viejos. Llega al hígado, que la transforma para hacerla soluble y la elimina a través de la bilis hacia el intestino. Ese circuito funciona en silencio todos los días.
Cuando cualquier eslabón falla, la bilirrubina se acumula y tiñe los tejidos. La esclerótica del ojo suele ser lo primero en delatarlo, porque su tejido tiene mucha afinidad por este pigmento. El color se vuelve visible cuando la cifra en sangre supera aproximadamente el doble del valor normal.
¿Siempre indica un problema grave?
No, y conviene decirlo pronto. Existe una variante hereditaria muy común y completamente benigna, el síndrome de Gilbert, que produce elevaciones leves de bilirrubina sin ninguna enfermedad del hígado.
Según el estudio publicado en The New England Journal of Medicine en 1995, quienes lo presentan tienen una alteración en la región promotora del gen de la enzima encargada de procesar la bilirrubina, de modo que su actividad queda en torno al 30% de lo normal. Los autores encontraron esa variante genética en el 40% de los alelos analizados en población sana. Se manifiesta con un ligero tono amarillo en periodos de ayuno, estrés, infección o falta de sueño, y no requiere tratamiento.

Las causas más frecuentes
El origen puede estar antes, dentro o después del hígado, y estas son las situaciones habituales:
- Hepatitis víricas, sobre todo A, B y C;
- Daño hepático por alcohol o por medicamentos, incluido el exceso de paracetamol;
- Cálculos en la vesícula que obstruyen la vía biliar;
- Cirrosis y fases avanzadas de la enfermedad hepática;
- Hemólisis, es decir, destrucción acelerada de glóbulos rojos;
- Tumores de páncreas o de vía biliar, que bloquean el drenaje;
- Síndrome de Gilbert y otras alteraciones hereditarias benignas.
Una de las causas más silenciosas es la acumulación de grasa en el hígado, que avanza durante años sin dar la cara. Merece la pena conocer los síntomas del hígado graso, porque suele detectarse en un análisis rutinario mucho antes de que aparezca ningún color amarillo.
¿Qué otras señales suelen acompañarla?
El contexto orienta mucho al médico, así que conviene fijarse en el conjunto:
- Orina muy oscura, del color del té o de la cola;
- Heces pálidas, casi blanquecinas, señal de que la bilis no llega al intestino;
- Picor generalizado, a veces intenso y sin erupción visible;
- Dolor en la parte superior derecha del abdomen;
- Fiebre, náuseas o vómitos;
- Cansancio marcado y pérdida de apetito;
- Moretones que aparecen con facilidad.
Existe además una situación que se confunde con frecuencia y no tiene nada que ver: la carotenemia. Comer muchas zanahorias, calabaza o boniato tiñe de anaranjado las palmas y las plantas, pero deja el blanco del ojo intacto. Ahí está la clave para diferenciarlas.
¿Qué pruebas se hacen?
El estudio empieza con un análisis de sangre que incluye bilirrubina total y directa, transaminasas, fosfatasa alcalina, gamma GT y pruebas de coagulación. Esa combinación indica si el problema está en la célula hepática, en la vía biliar o en la destrucción de glóbulos rojos. A partir de ahí suelen añadirse serologías de hepatitis y una ecografía abdominal, que visualiza el hígado, la vesícula y los conductos. En algunos casos se completa con tomografía, resonancia o pruebas más específicas.
La consulta no debería aplazarse, aunque tampoco hace falta alarmarse antes de tener resultados. Sí conviene acudir a urgencias el mismo día si el tono amarillo se acompaña de fiebre alta con escalofríos y dolor abdominal intenso, si aparece confusión o somnolencia inusual, si hay vómitos con sangre o heces negras, o si el cuadro se instaura de forma muy rápida. En un recién nacido, cualquier ictericia debe valorarla siempre el pediatra. Con un diagnóstico a tiempo, buena parte de las causas tiene tratamiento eficaz.
Este contenido tiene finalidad informativa y no sustituye la evaluación de un profesional sanitario. Si notas la piel o los ojos amarillentos, consulta con tu médico para valorar las pruebas necesarias.









