El asma es la enfermedad crónica más frecuente en la infancia y una de las que más veces pasa desapercibida. Muchos padres atribuyen los síntomas a resfriados repetidos, bronquitis o simplemente a que el niño “es de pecho”, sin saber que detrás puede haber una enfermedad que, bien tratada, permite una vida completamente normal. Reconocer sus señales a tiempo marca la diferencia entre controlarla y dejar que avance sin tratamiento.
Qué es el asma infantil y por qué es tan difícil de detectar
El asma es una enfermedad inflamatoria crónica de las vías respiratorias que produce una obstrucción variable y reversible del flujo de aire. En los niños, esa obstrucción se manifiesta en episodios de tos, silbidos al respirar, sensación de opresión en el pecho y dificultad para respirar, que van y vienen con distintos grados de intensidad. La dificultad diagnóstica es que esos mismos síntomas aparecen en muchas otras enfermedades respiratorias de la infancia, y en los menores de tres años no es posible realizar las pruebas de función pulmonar que confirman el diagnóstico en niños mayores.
Un metaanálisis publicado en BMC Pediatrics en 2025, que analizó datos de más de un millón y medio de niños en 164 estudios, estimó que la prevalencia global del asma infantil es del 10,2%, con factores de riesgo claramente identificados como los antecedentes familiares, el tabaquismo de los padres, la obesidad y el parto prematuro. En Europa, uno de cada diez niños padece asma, y una parte significativa de ellos tarda años en recibir el diagnóstico correcto.

¿Cuáles son las señales de alerta más frecuentes?
El síntoma más reconocible del asma es la sibilancia, ese sonido agudo parecido a un silbido que se escucha cuando el niño exhala. Pero no todos los niños con asma silban de forma audible, y no todos los que silban tienen asma. Lo que más debe llamar la atención de los padres es la combinación de síntomas y su patrón de repetición.
- Tos persistente o nocturna que aparece sobre todo de madrugada o al despertar, sin que haya un catarro activo que la justifique.
- Silbidos al respirar de forma recurrente, especialmente durante el ejercicio, el llanto intenso o la exposición al frío.
- Sensación de falta de aire o de opresión en el pecho que el niño describe como “que no le entra el aire”.
- Cansancio excesivo durante el juego o necesidad de parar antes que otros niños de la misma edad en actividades físicas.
- Resfriados que duran más de diez días o que siempre acaban en bronquitis, con más de tres episodios al año.
- Síntomas que mejoran con broncodilatadores y empeoran con el ejercicio, el frío, el humo o la exposición a animales o polen.
¿Qué factores desencadenan las crisis asmáticas?
Identificar los desencadenantes específicos de cada niño es una parte fundamental del manejo del asma. No todos los niños reaccionan a los mismos estímulos, y conocerlos permite anticipar las crisis y reducir su frecuencia. Para entender mejor cómo evoluciona el asma infantil y qué factores influyen en su pronóstico, conviene revisar también las diferencias entre el asma alérgico y el no alérgico.
- Infecciones respiratorias virales, especialmente los catarros comunes, que son el desencadenante más frecuente en la infancia.
- Alérgenos como el polen, los ácaros del polvo, la caspa de animales domésticos o el moho.
- Ejercicio físico intenso, especialmente en ambientes fríos y secos.
- Humo del tabaco, contaminación ambiental y olores fuertes como pinturas o productos de limpieza.
- Cambios bruscos de temperatura, especialmente el paso del interior cálido al exterior frío.

¿Cómo se diagnostica el asma en niños?
El diagnóstico del asma infantil es clínico, especialmente en los menores de seis años, donde la historia detallada de síntomas y su patrón de aparición es la herramienta más valiosa. En niños mayores, la espirometría con prueba broncodilatadora permite confirmar objetivamente la obstrucción reversible de las vías respiratorias que caracteriza a la enfermedad. Las guías pediátricas españolas establecen que no debe evitarse el diagnóstico de asma cuando un niño tiene más de tres episodios al año de tos, sibilancias y dificultad respiratoria, con buena respuesta al tratamiento con glucocorticoides inhalados.
El estudio alergológico completa el diagnóstico y permite identificar si hay una sensibilización subyacente que esté perpetuando la inflamación de las vías respiratorias. Ese dato es especialmente relevante porque el asma alérgico tiene peor evolución espontánea y puede requerir inmunoterapia específica además del tratamiento habitual.
Qué implica el tratamiento y por qué no basta con la medicación de rescate
Uno de los errores más frecuentes en el manejo del asma infantil es tratar solo las crisis con broncodilatadores sin abordar la inflamación crónica de fondo. La medicación de rescate, como el salbutamol, alivia los síntomas de forma rápida, pero no actúa sobre el proceso inflamatorio que los genera. Cuando las crisis son frecuentes o hay síntomas entre ellas, el pediatra o el neumólogo pediátrico valorará iniciar un tratamiento de mantenimiento con corticoides inhalados a dosis bajas, que es el tratamiento más eficaz y seguro para controlar la enfermedad a largo plazo.
Cada niño con asma debería contar con un plan de acción individualizado que indique qué hacer ante una crisis, cómo usar correctamente el inhalador y cuándo acudir a urgencias. La técnica de inhalación es fundamental: un dispositivo mal usado reduce drásticamente la eficacia del medicamento. Las revisiones periódicas con el pediatra, aunque el niño esté asintomático, son parte esencial del control de la enfermedad y permiten ajustar el tratamiento antes de que aparezcan problemas.
Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la evaluación médica profesional. Si su hijo presenta síntomas compatibles con asma, consulte con su pediatra para recibir una evaluación y diagnóstico adecuados.









