La leche no es inflamatoria para la mayoría de las personas. De hecho, la mayoría de los estudios científicos muestran que incluso puede ayudar a reducir la inflamación, especialmente cuando se consume en versiones fermentadas, como el yogur o el kéfir.
Sin embargo, hay situaciones en las que la leche sí puede causar inflamación. Esto ocurre principalmente en personas con alergia a la proteína de la leche de vaca (APLV), que presentan una reacción exagerada del sistema inmunológico ante las proteínas presentes en la leche.
Además, quienes tienen intolerancia a la lactosa o síndrome del intestino irritable pueden experimentar molestias como gases, distensión abdominal o diarrea, lo que puede dar la impresión de que la leche “les cae mal” o resulta inflamatoria.
El tipo de leche y la forma en que se consume también influyen. La leche entera, los quesos muy grasos y los productos azucarados, cuando se consumen en exceso, pueden contribuir al aumento de peso, lo cual se asocia con inflamación crónica. Por eso, en dietas con enfoque antiinflamatorio suele preferirse el consumo de lácteos bajos en grasa y sin azúcar añadido. Vea más sobre la dieta antiinflamatoria.
Si presentas síntomas después de consumir leche, como dolor abdominal, hinchazón o cambios en las heces, es importante consultar a un gastroenterólogo o a un nutricionista. Solo estos profesionales pueden evaluar si realmente es necesario retirar la leche de tu alimentación y recomendar sustituciones seguras.