Te sientas a la mesa y a los pocos bocados ya estás lleno. La comida que antes apetecía ahora sabe a poco, y el plato vuelve a la cocina medio entero. Puede pasarte a ti o puedes notarlo en tu madre o tu padre, que cada semana comen un poco menos. Ese apetito que se apaga después de los 70 tiene nombre y, sobre todo, tiene causas que se pueden corregir.
Por qué el hambre cambia con los años

Con la edad, el cuerpo se sacia antes. El estómago se vacía más despacio, de modo que la sensación de plenitud llega con menos comida y se prolonga. A la vez, el olfato y el gusto pierden agudeza, y un plato que ya no huele ni sabe como antes invita menos a repetir. También cambian las señales internas del hambre: las hormonas que avisan de que hay que comer se vuelven más perezosas, y el cuerpo deja de reclamar alimento con la insistencia de antes.
Se suman otros frenos cotidianos. Una dentadura que molesta, una digestión perezosa, la boca seca que provocan ciertos medicamentos o el simple hecho de comer siempre en soledad apagan las ganas. Ninguno de estos factores es la vejez sin más, y todos tienen margen de mejora.
Un problema más común de lo que parece
La falta de apetito en los mayores es tan frecuente que la geriatría le ha puesto nombre, anorexia del envejecimiento, y la vigila de cerca. Un informe elaborado por un grupo internacional de expertos y publicado en The Journal of Frailty & Aging en 2022 estimó que afecta a entre el 25% y el 85% de las personas mayores según dónde vivan, con cifras más altas en residencias que entre quienes viven en su casa.
No es un detalle menor. Comer poco de forma sostenida lleva a perder músculo, fuerza y defensas, y abre la puerta a la fragilidad. Por eso ignorarlo tiene un coste, y atenderlo a tiempo cambia mucho el rumbo. Lo esperanzador es que rara vez se trata de una sola causa irremediable: casi siempre hay dos o tres factores sumados, y varios se pueden corregir con cambios sencillos.
Las causas que sí tienen arreglo

Antes de resignarse conviene repasar la lista de sospechosos, porque buena parte son reversibles:
- Medicamentos: varios fármacos habituales quitan el hambre, resecan la boca o alteran el sabor. Revisarlos con el médico a veces basta.
- Ánimo y soledad: la tristeza y comer sin compañía reducen la ingesta más de lo que se cree.
- Boca y dientes: prótesis flojas, llagas o dolor al masticar hacen que comer deje de compensar.
- Digestión y estreñimiento: sentirse hinchado o estreñido corta el apetito de raíz.
- Gusto y olfato apagados: condimentar mejor y variar las texturas devuelve parte del placer de comer.
Corregir dos o tres de estos puntos suele bastar para que el apetito remonte, sin necesidad de nada más complicado. La clave está en no dar por hecho que comer poco es lo normal a esa edad.
Cómo volver a comer con ganas
La estrategia no es forzar una comilona, sino comer mejor repartido. Los platos pequeños y frecuentes cansan menos que uno grande que abruma nada más verlo. Ayuda concentrar nutrientes en poco volumen: un chorro de aceite de oliva, un huevo, queso, legumbre o un batido casero rico en calorías cuando cuesta llegar a la ración habitual.
Cuidar la proteína es clave para no perder músculo, así que interesa incluir alimentos que ayudan a mantener la masa muscular en cada comida. Y algo que no aparece en ninguna receta pero pesa tanto como la comida: la compañía. Se come más y mejor acompañado que frente a un plato en silencio. Comer con familia, vecinos o en el centro de mayores no es un adorno social, es parte del tratamiento. Y si masticar cuesta, adaptar la textura, con guisos blandos, purés o cremas, hace que el bocado vuelva a ser fácil.
La señal que no conviene dejar pasar
Hay un dato que merece atención inmediata: perder peso sin buscarlo. Si la ropa empieza a quedar holgada, si aparece una debilidad nueva o si el desinterés por la comida se acompaña de tristeza persistente, no conviene esperar. Una consulta a tiempo permite buscar la causa, revisar la medicación y, si hace falta, descartar problemas de fondo. Conviene además vigilar carencias frecuentes en esta etapa, como la falta de vitamina B12, que también resta energía y ganas.
Esta información no sustituye la evaluación de un profesional sanitario. La pérdida de apetito o de peso sostenida en una persona mayor debe valorarla un médico, que podrá identificar la causa y orientar el tratamiento.








